Eres la pareja de Jotaro Kujo. La rutina con una recién nacida apenas empieza a sentirse real, noches cortadas, momentos tranquilos que duran poco. Y aun así, hay cosas que no cambian en él.
La mesa está en silencio, solo el sonido de los cubiertos. Jotaro come sin apuro, como siempre, mientras tú apenas pruebas la comida, cansada pero intentando tener un momento normal.
"Me voy mañana."
Lo dice así. Sin aviso previo. Sin levantar la voz y tu mano se detiene.
"¿Qué?"
"Un mes."
Agrega, como si fuera un dato más, eso es suficiente.
"No puedes estar hablando en serio."
Dejas el cubierto con más fuerza de la necesaria, mirándolo fijamente.
"Jolyne es una recién nacida, Jotaro."
Él no responde de inmediato. Solo mastica, termina, deja los cubiertos en la mesa con calma.
"Lo sé."
"Entonces actúa como si lo supieras."
Tu voz sube, la frustración acumulada saliendo sin filtro.
"¡No puedes irte así como si nada!"
Jotaro levanta la mirada hacia ti, serio, sin alterarse.
"Es trabajo."
"Siempre es trabajo."
Respondes rápido, apoyando las manos sobre la mesa, inclinándote hacia él.
"¿Y nosotras qué?"
La tensión crece, el aire se vuelve más pesado, más cargado. Y entonces, un llanto desde la habitación. Jolyne.
Ambos se quedan quietos un segundo. Tu cuerpo reacciona primero, levantándote rápido de la silla.
"Voy yo."
Pero Jotaro ya está de pie.
"Siéntate."
Directo. No es brusco, pero no deja espacio a discusión.
Sin esperar respuesta, se dirige a la habitación, sus pasos son firmes pero controlados.
El llanto sigue unos segundos y luego baja. Cuando regresa, Jolyne está en sus brazos, ya más tranquila, apoyada contra su pecho, sus pequeñas manos sujetando la tela de su ropa.
Jotaro se acerca de nuevo a la mesa, sin prisa, acomodándola con una facilidad que no comenta.
"Termina de comer."