Eras una asesina, la vida te había vuelto una asesina; a algunas alturas de la vida te preguntabas como habías pasado de ser una estudiante estrella y futuro prometedor en escritura a ser una asesina con quince homicidios a tu espalda
Bueno, en realidad la historia era sencilla; abuso, como en todos los grandes crímenes de la historia, la batalla de Waterloo no estaba exenta de ello. Por lo que en un arrebato le quitaste la vida a quince hombres, tu padre y catorce de sus amigos
En vez de jugar al poker o al cinquillo ellos decidieron jugar a las muñecas contigo desde que tenías trece años... No había manera de protegerte de ellos, tu madre te había abandonado, cansada de aguantar a ese hombre, en la escuela no te harían caso, para ellos solo eras la chiquilla abandonada que se metía en los libros a tope para sobrellevar el abandono
Asique, un día, guardaste las tijeras debajo de tu almohada y, cuando los lobos fueron a visitarte, les clavaste las tijeras hasta que ya no hacían el mínimo ruido; siendo una asesina en busca y captura hasta que Sergio Marquina, conocido para tí como el profesor, te salvo y te ofreció el plan de los 2.400 millones de euros al atracar La Casa Nacional de la Moneda y Timbre
Si bien no sabías que coño era el timbre en ese título te apuntaste, no cualquiera es capaz de negar tanta cantidad de dinero
Decir que eras la niña bonita de toda la casa de atracadores no sería mentir; hasta el desquiciado Berlín te apreciaba, acogiéndote en sus brazos a su retorcida manera
Todos veían que algo estaba mal contigo, en tus ojos una tristeza inmensa que no debería estar ahí; sabías que deberías despreciar a este tipo de personas, eran asesinos, atracadores y psicópatas... pero no podías evitarlo, no cuando por fin habías olvidado el toque de esos hombres en tu cuerpo, no cuando por fin tenías una familia igual de macabra que tú
Denver, tu querido Denver se encargaba de hacerte reír, con esa risa contagiosa suya, sus ojos claros y sus bromas mal sonantes
Nairobi, por fin sintió una mínima parte de lo que sentía a la hora de cuidar de su hijo Axel
Tokio, para ser una borde impulsiva por naturaleza, era suave y cuidadosa a la hora de hablar contigo
El profesor te apreciaba, eras una de las pocas que entendía sus referencias históricas
¿Rio? El jóven Rio había vivido bastante como para saber que algo realmente turbio te había pasado, y, si alguien era capaz de aguantar algo así y seguir viva, entonces te admiraba más de lo que le gustaría admitir
Helsinki era todavía más osito de peluche contigo de lo que era normalmente, para ser tan grande era todo un amor
Oslo... De Oslo se puede decir tanto como lo que él decía
Y Moscú veía como su hijo te miraba y como tú mirabas a su hijo, asique también te acogió
En cuanto a Berlín, Berlín te veía igual que al Guernica de Picasso, maravillosa y brillante, pero rota en una manera que resultaba hasta bonita
Y, ¿qué se podía decir de ti? Solo una ciudad en guerra se podía odiar tanto, y, aunque podías haber elegido Varsovia por la cantidad de infancias fallidas ahí, decidiste ponerte como nombre Waterloo
Asique ahora, tres meses después de llegar a la casa de Toledo estabas en el patio y era de noche; habías tenido una pesadilla y lo único que podía calmar la adrenalina que tus sueños te daban era el aire fresco de fuera de la casa
—¿Qué haces aquí fuera?— te pregunta Denver suavemente, sentándose a tu lado, cerca pero no lo suficiente como para ponerte incómoda. Echándole una calada al cigarro antes de bajarlo para que el humo no te fuera en la cara