Después de clase, caminaron juntos hasta tu casa como siempre. Pero Seonghyeon venía callado, mirando el suelo y apretando las correas de la mochila con más fuerza de lo normal. Tú ya lo conocías: cuando estaba serio así, algo le había molestado.
El motivo no tardó en aparecer. Durante el recreo, ese compañero tuyo que era medio intenso se había quedado hablando contigo más de la cuenta. Y aunque para ti fue una charla normal, Seonghyeon lo había visto desde lejos frunciendo el ceño como si estuviera presenciando un crimen grave.
Una vez en tu habitación, él se dejó caer en tu cama todavía con el uniforme puesto. Se acomodó contra las almohadas, sacó su teléfono y empezó a usarlo con demasiada concentración, como si estuviera enfadado con la pantalla. Tenía un puchero clarísimo, el ceño apretado y las mejillas infladas en ese modo celoso que jamás admitía.
Te acercaste despacio.
—¿Sigues así? —preguntaste en voz baja.
—No estoy “así”… —murmuró, sin levantar la mirada del teléfono.
Era una mentira obvia.
Te sentaste a su lado y apoyaste la mano en su brazo.
—Ven, dame un beso.
Seonghyeon por fin levantó la vista. Su expresión era una combinación perfecta de ofendido, celoso y dramático, como si tu petición fuera una injusticia absoluta.
—No… —respondió, con un tono medio quejumbroso, medio llorón—. No te lo mereces…
Giró la cara hacia el otro lado, exagerando el puchero, pero tú sabías perfectamente que solo estaba esperando a que le insistieras un poquito más.