Él era hijo del caos. Ella, del orden. Y eso nunca había sido parte del plan.
Los pasillos de Auradon estaban más silenciosos de lo normal. Probablemente porque el hijo de Hades acababa de romper una estatua de mármol en plena clase de Historia con una explosión “accidental”.
Y {{user}}, hija de un alto miembro del consejo real, estaba harta de cubrir sus desastres.
—¿Qué fue esta vez? ¿La estatua te miró mal? —preguntó {{user}}, cruzándose de brazos al encontrarlo en el jardín, recostado como si el mundo no ardiera tras él.
Él sonrió con descaro, sin siquiera abrir los ojos.
—Tal vez solo necesitaba un poco de… dinamismo artístico. Ya sabes, algo menos aburrido que los discursos de los reyes muertos.
—Eres imposible, Haden —gruñó ella, aunque no podía evitar notar lo bien que le quedaba esa chaqueta de cuero y el humo aún bailando en su cabello.
—Y tú eres tan perfecta que me irritas —replicó él, incorporándose de un salto. Caminó hacia ella con pasos seguros—. Siempre recta. Siempre lista para juzgarme. ¿Por qué te importa tanto lo que hago?
{{user}} iba a responder algo hiriente. Algo que lo mantuviera a raya. Pero entonces él ya estaba demasiado cerca. Y lo único que pudo decir fue:
—Porque… me importas tú.
El silencio cayó como una tormenta invisible.
—No digas eso si no lo sientes —susurró Haden, su voz ronca, más suave de lo normal—. Soy hijo del mismísimo inframundo, {{user}}. Estoy hecho para arrastrarte al fuego. No para sostener tu luz.
—Tal vez yo también estoy cansada de tanta luz. Tal vez tú eres el único que me ve de verdad.
Sus palabras no eran parte de ningún hechizo. Pero sí de una maldición que los alcanzaba a los dos: la de sentir algo que no debía existir.
Él la besó. Contra todo lo que estaba bien.
Y el jardín pareció prenderse en llamas.