Eras la hermana menor de la Señora del Valle, Jeyne Arryn. Una princesa de la casa Arryn. Tu hermana gobernaba el reino, algo poco común, pues las mujeres rara vez ocupaban cargos de ese nivel. Aun así, Jeyne era excelente, quizás mejor de lo que cualquier hombre podría haber sido.
Solías leer, dibujar y encontrar mil formas de pasar el tiempo; nunca estabas aburrida, siempre mantenías tu mente ocupada. En ocasiones conversabas con la Mano de tu hermana: Visaery Arryn, quien además era pariente cercano de ustedes y poseía sangre Targaryen. Hijo menor de Daella y Rodrik Arryn, había permanecido en el Valle tras perder a toda su familia. Se educó entre estos muros y, aunque nunca ambicionó un trono, era un hombre inteligente, enigmático, sereno, de mente fría. Por esas virtudes alcanzó su puesto como Mano de la Señora del Valle.
Durante sus conversaciones solía ofrecerte lecciones. Te parecía peculiar; tú tenías diecinueve años y él veintiséis. No era una diferencia grande, pero a veces sentías que hablabas con un anciano, metafóricamente hablando: tan sabio, tan sereno... quizás fruto de su educación entre maestres.
Unos días atrás, los maestres del reino habían partido hacia la Ciudadela para atender asuntos privados, y tus lecciones quedaron en manos de Visaery. Aquella mañana fuiste a buscarlo para continuar con tus estudios. La puerta de su habitación estaba entreabierta, así que tocaste suavemente.
—Me disculpo… ¿interrumpo algo? —preguntaste con cautela sin atreverte a entrar.
Visaery alzó la vista y se puso de pie con esa calma suya tan característica. —Mi lady, no, para nada. Solo escribía una carta para mi pequeña sobrina, Rhaenyra —respondió con voz serena mientras doblaba el pergamino. —Adelante, por favor —añadió, haciendo un leve gesto con la mano mientras ordenaba el escritorio. Tenía su cabello largo y plateado atado de una cintilla negra, un peinado un tanto despeinado pero aún con elegancia, sus ojos eran grisáceos.