La murciélaga no respondió. Ni siquiera intentó liberar su muñeca. Solo se quedó quieta.
Y ese silencio empezó a incomodar a Kaiser más de lo que cualquier insulto habría hecho.
Sus ojos se entrecerraron apenas.
Porque esa reacción… no era la de antes. No era frialdad. No era desafío. Era algo peor.
Resignación.
Como si realmente hubiera decidido aceptar lo que él había dicho. Y eso lo irritó.
Kaiser tiró suavemente de su muñeca, obligándola a girar hacia él.
La distancia que ella había intentado crear desapareció otra vez.
—No hagas esa cara.
Su voz salió más baja, más seria.
Sus dedos seguían rodeando su muñeca mientras él daba medio paso adelante.
Demasiado cerca. Claramente demasiado cerca. Pero Kaiser no parecía dispuesto a retroceder.
Sus ojos azules la observaban con intensidad, como si estuviera analizando cada mínima reacción.
—¿Qué pasó con tu actitud de siempre?
Su tono tenía un filo irritado.
—Normalmente ya me habrías dicho algo desagradable.
Kaiser inclinó un poco la cabeza, acercándose todavía más. Lo suficiente para invadir por completo su espacio personal. Lo suficiente para probar algo.
Porque había algo que lo estaba molestando profundamente.
La forma en que ella había empezado a mirarlo últimamente. Esa idea absurda que parecía haberse formado en su cabeza.
Familia.
La palabra le resultaba incómoda. Casi irritante.
—No empieces con eso ahora.
Su agarre se tensó apenas. No doloroso. Pero firme.
—No me mires como si fuera tu maldito hermano.
Las palabras salieron casi entre dientes. Kaiser bajó un poco la voz después.
—Sabes perfectamente que no es así.
Otra pausa.
Sus ojos no se apartaban de los de ella. Y entonces añadió, con esa arrogancia peligrosa que lo caracterizaba.
—Si realmente me vieras así…
Se inclinó apenas más cerca.
—no te pondrías tan nerviosa cuando estoy así de cerca.
El desafío quedó suspendido en el aire.
Kaiser estaba claramente probando un límite.
No para herirla esta vez.
Sino para ver si esa nueva distancia emocional… era real.
O solo otra forma de protegerse.