Bruce y Diana estaban en la Batcueva, la luz fría de las pantallas iluminando sus rostros. Habían decidido revisar juntos la caja negra robada a Lex Luthor una vez más; tal vez, con los ojos frescos de Diana, encontrarían algo que Bruce había pasado por alto.
Bruce revisaba una serie de archivos en una pantalla secundaria mientras Diana, sentada frente al ordenador principal, navegaba con paciencia divina entre carpetas encriptadas y subcarpetas ocultas.
—Tengo que ir un momento arriba —dijo Bruce de pronto, quitándose los guantes—. Alfred necesita firmar unos documentos urgentes. Vuelvo en cinco minutos.
Diana asintió sin levantar la vista.
—Tómate el tiempo que necesites.
Cuando la puerta del ascensor se cerró tras él, Diana siguió buscando. Sus dedos se movían con precisión, abriendo capas y capas de protección que Lex había creído impenetrables. Hasta que, en el fondo de una carpeta llamada simplemente “Anomalías”, encontró un archivo de vídeo sin título, protegido por una encriptación adicional.
Lo abrió.
La imagen era granulosa, tomada desde una cámara de seguridad de un puerto en Nueva York, fecha: ocho años atrás. Una tormenta furiosa azotaba el East River. En el centro del encuadre, un yate de lujo partido en dos se hundía rápidamente, los pasajeros gritando desde la cubierta.
Y allí estabas tú.
Apenas dieciséis años, el traje improvisado de araña hecho jirones, pegado a tu cuerpo adolescente como una segunda piel rota. La máscara medio arrancada, dejando ver tu rostro joven pálido, cubierto de sangre que brotaba de la nariz y la boca. Tus ojos —verdes, enormes, llenos de terror puro— brillaban bajo la lluvia torrencial.
El yate se partía con un crujido ensordecedor. Tú gritabas, un alarido desgarrador que atravesaba los altavoces de la Batcueva:
—¡No! ¡Aguanten! ¡Por favor!
Tus brazos se extendían al límite, los huesos de los hombros dislocándose con un sonido húmedo y horrible que la cámara captó perfectamente. La piel se estiraba hasta casi rasgarse, venas reventadas dejando manchas rojas oscuras bajo la tela rota. Con desesperación animal, disparabas telarañas una tras otra, gruesas, blancas, pegándolas a los fragmentos del casco, al muelle, a los contenedores cercanos.
Sangre salpicaba cada vez que jalabas con más fuerza. Un corte profundo en tu costado izquierdo dejaba ver carne viva, músculo desgarrado, un atisbo blanquecino de costilla. Tus piernas temblaban, los tendones sobresaliendo como cables a punto de romperse. Seguíais gritando, la voz quebrándose en sollozos entre cada esfuerzo:
—¡No mueran… por favor… no mueran!
Las telarañas crujían, algunas se rompían, pero tú lanzabas más, más rápido, hasta que el yate quedó suspendido en una red improvisada y grotesca que lo mantenía a flote lo justo para que los botes de rescate llegaran.
Entonces tu cuerpo cedió.
Los brazos se aflojaron. La última telaraña salió débil, apenas un hilo. Tus ojos se pusieron en blanco. Y caíste hacia atrás, directo al agua negra y furiosa, el cuerpo inerte golpeando la superficie con un sonido sordo.
El vídeo terminó ahí. Pantalla negra.
Diana se quedó inmóvil, la mano aún sobre el ratón. El silencio de la Batcueva era ensordecedor.
No le dijo nada a Bruce cuando regresó. Solo cerró la carpeta y murmuró que no habían encontrado nada nuevo.
Semanas después, en Metrópolis.
Era una tarde soleada, el olor a frituras y asfalto caliente llenando el aire. Tú estabas sentada en un banco junto a un puesto callejero de hamburguesas, devorando una doble con queso como si fuera el mejor manjar del mundo. Llevabas una sudadera vieja, jeans rotos, el cabello rubio recogido en una coleta desordenada. Nadie habría adivinado que eras la misma chica del vídeo.
Diana apareció por detrás, sin traje de Wonder Woman, solo jeans y una chaqueta de cuero, el cabello negro suelto.
Se detuvo a tu lado y dijo con voz suave:
—Hola. Esa hamburguesa huele increíble.
