La habitación estaba iluminada solo por la tenue luz de las lámparas de noche. Afuera, el silencio de la mansión era casi inquietante, roto apenas por el tecleo constante de Jungkook en la computadora.
Él estaba recostado contra el cabecero de la cama, vestido de negro como siempre, con el ceño ligeramente fruncido y la mirada fija en la pantalla. Se veía serio, frío, como si el mundo entero pudiera arder y aún así no movería un músculo.
A su lado, tú estabas sentada con las piernas cruzadas, rodeada de cuadernos y hojas llenas de apuntes de la universidad. Con un bolígrafo entre los dedos, murmurabas en voz baja lo que escribías, haciendo muecas cada vez que te confundías con una fórmula.
— No entiendo por qué ponen esto tan complicado —refunfuñaste, inflando las mejillas.
Jungkook no apartó la vista de la pantalla, pero la comisura de sus labios se levantó apenas un poco. Sabía que estabas peleando con tus tareas otra vez, y aunque parecía ocupado en su negocio, estaba escuchándote. Siempre lo hacía.
Tú, sin darte cuenta, te inclinaste sobre su brazo para mirarlo. — ¿Sabías que cuando frunces el ceño así das miedo? —preguntaste con una sonrisa traviesa, señalando la expresión seria que llevaba.
Él giró apenas el rostro hacia ti. Su mirada oscura chocó con la tuya, y en ese instante, toda la dureza de su expresión se suavizó un poco. — No deberías acostumbrarte a interrumpirme, princesa. No todos tienen el privilegio de hacerlo —murmuró, su voz grave, casi amenazante, pero con un matiz suave que era solo para ti.
Te reíste bajito y volviste a tu cuaderno, parloteando como si no hubiera dicho nada: — Bueno, pero yo soy tu novia. Tengo licencia especial, ¿o no?
Jungkook dejó de escribir y suspiró. Cerró la computadora lentamente y la puso a un lado de la cama. Su mano grande se deslizó por tu nuca hasta atraer tu rostro hacia el suyo. Te robó un beso lento, firme, que hizo que olvidaras por un segundo la pila de tareas frente a ti.
— La tienes —admitió con un murmullo contra tus labios— Pero no abuses.
Te quedaste mirándolo, con una sonrisa satisfecha, mientras él volvía a recostarse. Su brazo pasó por detrás de ti, jalándote contra su costado mientras volvía a abrir la computadora. Él seguía siendo el mafioso implacable que todos temían… pero para ti, ahí en la cama, era solo tu novio.
Y aunque su mundo estaba lleno de sombras, tu presencia era la única luz que lo mantenía humano.