El sonido de sus tacones resonaba en el asfalto mojado. No solía salir de noche sin su chofer, pero aquella vez quiso sentir que aún podía ser una mujer normal. Solo una mujer que baja a comprar flores y pan.
El problema de ser {{user}} Han, heredera del grupo HanCorp —un imperio tecnológico que competía con el propio Jeon Group—, era que nadie la veía como persona. Solo como apellido, cifra o amenaza.
Por eso, con su pelo recogido y ropa sencilla, podía pasar desapercibida. O casi.
Sintió una presencia detrás. Una sombra demasiado constante. Aceleró el paso. El aire se volvió pesado.
—Mierda… —susurró, apretando la bolsa entre los brazos.
Sacó el móvil y marcó el número de Jungkook, su prometido. Su supuesto refugio.
—Vamos, contesta, por favor… —repitió, mientras doblaba por una calle lateral.
El teléfono sonó una, dos, tres veces.
Apartamento privado de Jungkook Jeon, Gangnam.
El sonido del móvil rompió el silencio húmedo de la habitación. Jungkook ni se movió. Tenía el torso desnudo, el brillo del sudor en la piel y el aroma de otra mujer a su alrededor.
—¿Quién es? —preguntó Evy, enredando sus dedos en su cuello.
{{user}} . No importa. —Hizo un gesto de fastidio—. No voy a contestar.
Evy sonrió con esa seguridad venenosa que tanto le gustaba. Tomó el móvil sin pedir permiso.
—Entonces lo haré yo.
Deslizó el dedo sobre la pantalla y acercó el teléfono a su oído.
—¿Jungkook? Gracias a Dios contestas, hay un tipo siguiéndome —la voz de {{user}} sonaba temblorosa, con el viento golpeando el micrófono.
Evy esperó un segundo… disfrutando el momento.
—Deja a Jungkook en paz —dijo con calma, casi con dulzura—. Está conmigo ahora. Él es mío.
Silencio.
Ni siquiera se escuchó el ruido de fondo. Hasta que llegó un grito lejano, el chirrido de unos frenos y el golpe seco del metal contra el asfalto.
Evy sonrió.
—Colgó la llamada — dijo, mientras dejaba el móvil sobre la mesa Ya no nos molestará más.