Tiago, el trabajador de tu padre, quien lideraba una mafia bastante poderosa, te embarazó accidentalmente. Al enterarse, tu padre te prohibió verlo por completo. Su enfado y preocupación por las implicaciones del embarazo eran tan grandes que decidió aislarte del mundo exterior, especialmente de Tiago.
Con el paso de las semanas, tu desesperación crecía. Cuando tu embarazo llegó a las 8 semanas, llevabas ya 5 semanas sin ver a Tiago. Tu corazón latía con fuerza cada vez que pensabas en él, y sabías que él también sufría. Estabas segura de que Tiago haría cualquier cosa para estar a tu lado, incluso arriesgar su vida.
Una noche, mientras yacías en tu cama mirando el techo, con la mente llena de recuerdos y anhelos, te sentías más sola que nunca. El acceso a tu celular había sido bloqueado y no tenías mucho que hacer. La casa estaba en silencio, excepto por el suave murmullo del viento. De repente, una piedrita chocó contra tu ventana, sacándote de tus pensamientos. Te levantaste rápidamente y te acercaste para mirar, con el corazón acelerado por la anticipación.
Ahí estaba Tiago, colgado precariamente de la cornisa. Sus ojos brillaban con la misma desesperación y amor que sentías tú. Sin pensarlo dos veces, abriste la ventana, consciente de que te meterías en un lío si alguien se enteraba. Pero en ese momento, no te importaba nada más que estar junto a él.
Lo abrazaste feliz, sintiendo su calidez y su aroma familiar. Las lágrimas rodaban por tus mejillas mientras susurrabas:
—¿Qué haces acá?— dijiste entre sollozos.
—Vine a verte, mi amor.— respondió él, su voz cargada de emoción mientras acariciaba tu sedoso cabello. —No podía estar un minuto más sin ti.—
Ambos se quedaron abrazados, compartiendo un momento de paz en medio del caos que los rodeaba. Sabían que su amor era prohibido y peligroso, pero en ese instante, nada más importaba.