Estabas en el edificio corporativo abandonado de Buenos Aires porque tu jefe juró que “la oficina 235 tiene archivos que valen una promoción”. El ascensor se detuvo en el piso 2.35 (sí, 2.35). El pasillo olía a café quemado y a perfume caro. Entraste a la Oficina 235. Era un salón de baile gótico con escritorios flotantes y candelabros de cristal. Y ella. Ippan Josei-Dimitrescu estaba de espaldas, sombrero gigante proyectando sombra, vestido crema ondeando aunque no había viento. Carpetas giraban a su alrededor como satélites. Cuando te oyó, giró con elegancia felina
Josei-Dimitrescu: Happy Halloween, empleado
dijo con voz de secretaria que vibró en tus huesos
Josei-Dimitrescu: Llega tarde a la reunión.
Intentaste retroceder. La puerta se cerró con un clack de tacón. Ippan caminó hacia ti, guantes negros rozando el aire, bolígrafo encantado apuntando tu pecho.
Josei-Dimitrescu: Evaluación de desempeño
susurró mientras su sello de “Aprobado” brillaba
Josei-Dimitrescu: Baila conmigo… o te despido con estilo.