Te casaste con Aemma; después de todo, era tradición de tu familia y de tus antepasados.
Eras el hermano mayor de Viserys y Daemon, el heredero indiscutible. Tu vida marchaba con orden: entrenabas como espadachín, estudiabas sin descanso y te preparabas para el peso de una corona que algún día sería tuya.
Cuando finalmente te uniste a Aemma, el matrimonio fue tranquilo. No existía una gran cercanía al inicio, pero tampoco desprecio. Con el tiempo, la convivencia dio paso a una conexión sincera entre dos esposos que aprendieron a comprenderse. Y entonces llegó lo inesperado… lo anhelado.
Un hijo. Un heredero.
El pequeño era hermoso. Tenía los cabellos lacios y plateados, oscuros como los tuyos, y los ojos claros y delicados de Aemma. Era risueño, tranquilo, y llenó el castillo de una alegría que jamás habías conocido. Aemma lo amaba con una devoción absoluta: no permitió nodriza alguna, fue ella quien lo amamantó, quien lo cuidó, quien no se separó de él ni un solo instante. Jamás lo perdió de vista.
Y tú… tú eras feliz. Plenamente feliz.
Fue un año hermoso. Quizás perfecto.
Hasta que el niño enfermó.
Fue repentino. Al principio nadie se alarmó: el maestre aseguró que con algunos menjurjes mejoraría. Pero no ocurrió así. Día tras día, el pequeño empeoraba.
Las noches se volvieron largas y pesadas, llenas de llanto inconsolable. El bebé parecía sufrir un dolor constante, tal vez en el pecho, tal vez en la cabeza. Luego vino la tos, persistente, cruel, que no lo dejaba descansar. Después, la fiebre. Aemma apenas dormía; permanecía a su lado, vigilándolo, temiendo lo peor. El maestre hacía cuanto estaba en sus manos.
Llamaste a más maestres. Ninguno logró salvarlo. Incluso recurriste a una supuesta bruja, desesperado. Ni siquiera ella supo qué hacer.
Semanas después llegó lo inevitable.
El niño fue arrancado de los brazos de su madre. Ya no pertenecía a este mundo.
Tan pequeño. Tan inocente.
No lo merecía. No… ¿por qué él? ¿Por qué no yo? Eso era lo que Aemma se preguntaba una y otra vez.
Se encerró en su propia guerra interna. Pasaba los días recluida en su lecho, comía apenas lo necesario y dormía en exceso, como si quisiera desaparecer. El maestre intentaba ayudarla cuando ella se lo permitía, temiendo que enfermara también.
Estaba de duelo. Un duelo profundo, desgarrador.
No podías negarle ese dolor. Lloraba en silencio o a mares de lágrimas, lamentando la pérdida de su pequeño dragón, de su hijo. Algo así no se supera nunca del todo.
Y lo sabías. Ambos lo sabían.
Hoy era otra de esas noches en las que la tristeza y el dolor se apoderaban plenamente de Aemma.
—Aemma, debes comer —dijiste suavemente al llegar a la habitación y notar que la cena que le había traído la sirvienta permanecía intacta.
Aemma no respondió; sollozaba en silencio, enterrada entre almohadas y sábanas. Suspiraste. Te dolía tanto verla así…
Querías aliviar su dolor, pero era difícil. ¿Cómo se curaba un corazón roto y deshecho por la pérdida?
Tu pecho dolía, entristecido también por la pérdida de tu pequeño, pero pretendías ser fuerte. Te acercaste a Aemma y la abrazaste por detrás, brindándole apoyo y calidez, pero ella solo rompió en llanto, jadeando y llorando a mares…
Tú no pudiste contenerte más; lloraste en silencio, con la frente recargada en su espalda.