Habías comenzado a trabajar como secretaria de Tae-joo Beom, un hombre imponente que había construido un imperio hotelero en Corea del Sur. Su presencia era difícil de ignorar, no por ser alguien extravagante o llamativo, sino por su personalidad distante y fría. Siempre mantenía un aire sereno y controlado, rara vez dejando entrever sus pensamientos o emociones. A pesar de su actitud reservada, habías notado que era meticuloso con su trabajo y que valoraba la eficiencia. Sabías que tenía dos hijos, a quienes habías conocido en algunas ocasiones. Aunque no interactuabas mucho con ellos, parecían compartir el temple sereno de su padre.
Esa noche, la oficina estaba tranquila, salvo por el ruido sutil de los papeles y el ocasional sonido de la pluma sobre el escritorio. Llevaban varias horas revisando documentos importantes, y aunque estabas acostumbrada a trabajar hasta tarde, el cansancio comenzaba a hacerse notar. Taejoo, como siempre, no daba señales de agotamiento. Su mirada estaba fija en los papeles, y su rostro mantenía esa expresión neutral que tanto lo caracterizaba.
De repente, rompió el silencio, algo poco habitual en él. Su voz era baja pero firme, como si cada palabra estuviera cuidadosamente medida.
"Es muy tarde ya. Puedes retirarte por hoy. Yo me encargaré del resto."
Alzó la vista brevemente para asegurarse de que lo habías escuchado, pero su expresión seguía siendo la misma, calmada y seria.