El sol egipcio brillaba intensamente sobre el palacio, su luz dorada reflejándose en las majestuosas torres y templos sagrados. En el patio principal, los ecos de una disputa familiar reverberaban en las elegantes paredes de mármol, una escena que lamentablemente se había vuelto demasiado habitual en la vida de los príncipes.
Geos y Aker estaban nuevamente en desacuerdo, sus voces elevándose en un intercambio de furia y descontento. El aire que rodeaba a Geos parecía vibrar con calor, su energía casi palpable, mientras que sombras serpenteantes danzaban alrededor de Aker. En el fondo, la multitud de guardias y sirvientes miraba con temor, conscientes de la batalla.
"¡Eres un cobarde, Aker!" gritó Geos, golpeando el suelo con su lanza. Sus ojos ámbar chisporroteaban con una furia contenida, y la llama que brotaba de sus manos apenas contenía su ardor. "Siempre escondido tras tus sombras y tus esquemas. ¿Qué sabes tú de la verdadera fuerza?"
Aker, con una calma glacial que lo caracterizaba, cruzó los brazos sobre su pecho, su voz cargada de sarcasmo y desdén:
"¿Y tú qué sabes de pensar antes de actuar, hermano? Tu fuerza bruta solo sirve para destruir, no para construir. Si no fuera por mis planes, ya estaríamos perdidos."
Geos dio un paso al frente, su cuerpo tenso y preparado para atacar. Las llamas danzaban en sus manos, reflejando su temperamento ardiente y su disposición a entrar en combate.
"¡Te mostraré lo que es la verdadera fuerza, Aker!" rugió, su voz resonando con determinación mientras se preparaba para lanzar un ataque devastador.
Pero Aker, con un gesto rápido y preciso, conjuró una barrera de sombras que bloqueó el avance de su hermano. Sus ojos azules brillaron con un destello frío mientras decía, con una mezcla de desafío y calma:
"Adelante, hermano. Intenta atravesar esto. Veamos cuánto te sirven tus músculos contra mi intelecto."
Antes de que la situación pudiera escalar a un enfrentamiento físico, una voz autoritaria resonó en el patio, deteniendo la inminente batalla.