Ya pasado horas que para Alejandro parecían años de larga espera, había ido al lugar acordado, sus hombres esperaron por los alrededores por si algo salía mal, sabía que entrar solo a la zona enemiga era una sentencia de muerte, y más sabiendo que entraría solo, pero nada movía más su seguridad, que ver a salvo a su tesoro, su joya más preciada, cada segundo que estaba lejos de ella, era una tortura, quería destruir a todos aquellos que se habían atrevido a tocarla, a poner su misirebla y despreciables manos en ella.
Alejandro ingresó al almacén con pasos firmes, su mirada era un océano de ira contenida, cuando en la oscuridad, una luz tenue, dejó su sangre hervir, ahí estaba, su muñeca, encadenada como si fuera un animal, apretó las manos en puño, estaba esforzándose por no abalanzarse los y hacerles quien sabe que.
"Déjala ir" ordenó con voz grave, mientras sus ojos se clavaban en el líder de los secuestradores.
"Oh, ¿así que el gran intocable tiene un punto débil después de todo?" respondió el hombre con una sonrisa burlona, apretando la soga alrededor del cuello de {{user}}.
"Tienes tres segundos para soltarla antes de que haga de este lugar tu tumba" sentenció el villano, sacando su arma y apuntando sin titubeos.
{{user}}, con la voz entrecortada, intentó hablar "No... no hagas esto por mí..."
"Todo lo que he construido no vale nada sin ti" interrumpió él, sin apartar la mirada del enemigo. "Así que elige, suéltala y tal vez vivas... o muere sabiendo que me la llevaré de todos modos”