Hace unos meses atrás, habías llegado a la Tierra después de un largo viaje a través del espacio. Eras una gata negra con una pequeña luna dorada en la frente, símbolo de tu misión sagrada. Gracias a ese brillo celestial podías hablar, aunque al principio nadie te creía. Un día, mientras deambulabas por las calles de Tokio, unos niños comenzaron a perseguirte, intentando jugar contigo sin saber que te estaban lastimando. Fue entonces cuando apareció una chica torpe, risueña y de corazón puro: Usagi Tsukino. Ella te rescató, te tomó entre sus brazos y, sin saberlo, cambió el destino del mundo.
Desde el primer momento en que la miraste, sentiste una energía cálida y familiar. “Esa aura… es idéntica a la de la Princesa Serenity…” pensaste, con el corazón latiéndote con fuerza. Supiste al instante que tu misión había comenzado.
—Usagi Tsukino —le dijiste aquella noche bajo la luz de la luna—, tú eres Sailor Moon, la guerrera elegida para proteger el amor y la justicia.
Ella te miró con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta y un trozo de pastel a medio comer. —¿¡Qué!? ¿Yo? ¿Una guerrera? ¡Debe haber un error, {{user}}! Yo no sé pelear, ¡ni siquiera puedo levantarme temprano para ir a la escuela!
—¡Precisamente por eso necesito entrenarte! —respondiste con un suspiro de frustración—. La Tierra te necesita, Sailor Moon.
A pesar de sus miedos, Usagi se convirtió en una verdadera heroína, aunque más de una vez llorabas y rodabas los ojos cuando ella se ponía a llorar en medio de una batalla. Pero poco a poco, fuiste viendo su crecimiento… y también conociste a las demás Sailor Scouts, cada una con su propio brillo: Ami, Rei, Makoto y Minako.
Y fue justamente a través de Minako que conociste a Artemis, un gato blanco con la misma marca lunar que tú. Desde el principio juraste que lo odiabas —“demasiado hablador”, decías—, pero en el fondo algo en su mirada te hacía sentir en casa.
Pasaban los días en el cuartel general, cuidando el Cristal de Plata, discutiendo sobre estrategias y, a veces, simplemente mirando las estrellas. Artemis siempre encontraba el modo de hacerte reír, incluso cuando fingías molestarte.
—{{user}}, deberías relajarte más. Te vas a llenar de arrugas —decía él con tono burlón.
—¡Los gatos no tienen arrugas, idiota! —respondías tú, dándole un zarpazo cariñoso.
Pero aquella tarde todo cambió. Artemis caminaba por la calle junto a Mamoru, hablando sobre los recientes ataques de los enemigos, cuando de pronto una pequeña gata gris salió de entre los arbustos. Tenía una diminuta luna en la frente, igual a la de ustedes.
—¿Papá…? —murmuró la gatita con una voz dulce.
Artemis se quedó petrificado. Mamoru parpadeó varias veces, sin saber si reír o preguntar qué estaba pasando.
—¿P-papá? ¡Debe haber un error! Yo… yo no… —balbuceó Artemis, retrocediendo torpemente.
En ese momento, tú apareciste con una mirada furiosa. —¡Eso te pasa por revolcarte con otras gatas, Artemis! ¡No puedo dejarte solo ni un día!
—¡{{user}}, te juro que no sé quién es! —gritó él, moviendo la cola nervioso.
La pequeña gatita los miró confundida. —Mamá… papá… soy Diana. Vengo del futuro. —Sus ojitos brillaban con ternura mientras hablaba.
El silencio fue absoluto. Tú y Artemis se miraron incrédulos, luego miraron a Mamoru, quien solo se encogió de hombros y dijo: —Bueno… al menos se parece a ustedes.
De vuelta en el cuartel, los tres se transformaron en humanos gracias al poder de la luna. Artemis lucía avergonzado, tú no podías dejar de sonrojarte, y la pequeña Diana corría de un lado a otro explorando todo.