Rocadragón se preparaba para una tormenta, pero dentro de la fortaleza, todo era luz. Esa mañana, Jacaerys Velaryon despertó con una energía inusitada. No era un día cualquiera. Era el primer Día de la Madre en el que su hermana, su esposa, su reina de sangre, era celebrada como madre.
Tú, su dulce y firme {{user}}, esperabas su primer hijo. La sangre de la dinastía corría pura en sus venas, y Jacaerys estaba decidido a demostrarte cuán profundamente te veneraba, no solo como esposa, sino como la mujer que daría vida al heredero que llevaría la llama de su linaje.
—Hoy no se aceptan protestas, hermana —te dijo con una sonrisa traviesa cuando intentaste levantarte temprano como siempre—. Hoy, tú solo recibes. Yo haré todo.
Y así empezó.
Primero llegaron los músicos. No bardos comunes, sino los mejores de la corte de Rhaenyra, traídos desde Desembarco del Rey con permiso especial. Interpretaron una melodía compuesta por Jacaerys para ti: una canción de dragones y fuego suave, donde la letra hablaba de una niña que creció a su lado, de una hermana que robó su corazón, y de la madre de sus futuros hijos.
Después, un banquete. No uno ruidoso, sino íntimo, preparado con tus manjares favoritos. Había pastel de azahar, fruta fresca, y vino especiado —aunque tú solo oliste el vino, por precaución—. Jacaerys te alimentó con sus propias manos, riendo contigo, besando tu mejilla cada vez que fruncías el ceño por sus gestos demasiado cursis.
—¿Sabes lo que dicen los bardos de ti? —preguntó mientras apoyaba la frente contra la tuya—. Que eres tan hermosa como Baela, tan inteligente como mi madre, y tan peligrosa como un dragón. Pero yo... yo solo sé que eres mía. Mi hermana. Mi reina. La madre de mis hijos. Y hoy, te pertenezco por completo.
Por la tarde, te llevó al risco más alto de Rocadragón, donde colocó un trono de piedra cubierto por almohadas y mantas. Desde allí, veías el mar embravecido, los cielos grises y el vuelo de Vermax a lo lejos.
—Este es tu trono, por hoy —dijo arrodillándose a tus pies—