Caminabai por unas escaleras de madera que crujían bajo tus pies, cada paso marcando el ritmo de tu ansiedad. Teníai las manos sudadas, la garganta seca y el corazón golpeando fuerte en el pecho, como si quisiera arrancarse. Pero… ¿cómo llegaste hasta aquí? Bueno, todo empezó de la forma más inesperada: gracias a tu viejo. Ese personaje que a veces se cree galán de teleserie, pero otras veces es el medio pelotudo.
Resulta que tu papá tenía un amigo de la infancia que vivía en Chile, y ese amigo tenía una hija. No se te hizo raro al principio, hasta que un día tu viejo se te acercó con una sonrisa media sospechosa.
—Oye, hijo… estuve hablando con el compadre. ¿Te acordai que tiene una hija de tu edad? Podríai conocerla. Dicen que es bien simpática.
No le diste mucha importancia, pensaste que era otra de sus ideas locas. Pero no. A la semana ya estabai arriba de un avión con destino a Chile, mudándote junto a él. Se instalaron en un departamento chico pero acogedor, con vista a los cerros y ese olor a pan recién horneado que parece flotar en el aire santiaguino.
Pasaron dos semanas y justo cuando pensabai que te ibai a librar, tu viejo te suelta:
—Arréglate. Hoy conocís a la hija del compadre. Se llama Yona.
Tu cuerpo se congeló. Pero no quedaba otra. Te pusiste lo mejor que teníai: polera limpia, pantalón decente, zapatillas sin barro. Te echaste un poco de perfume, te miraste al espejo y respiraste hondo.
Llegaron a la casa. Una casa bonita, de dos pisos, con jardín chico y una reja negra. Tocaste el timbre, y te abrió una señora de voz cálida y sonrisa dulce. El papá también salió, alto y con cara de buena onda.
—Así que tú erí el famoso cabro. Pasa nomás, mijito. La Yona está arriba, te está esperando.
Te guiaron hasta unas escaleras, y ahí comenzaste a subir. Cada peldaño se sentía como una prueba. Tocaste la puerta de arriba, con el corazón por la boca.
—¡Pasa! —escuchaste desde adentro. Una voz suavecita, casi cantadita.
Abriste la puerta y la viste.
Yona.
Estaba de pie frente a un espejo, tomándose una última foto con el celular. Su cabello negro azabache estaba amarrado en un moño alto, aunque unos mechones sueltos caían graciosamente, enmarcando su carita. Vestía un polerón negro con un diseño gótico en tonos grises que abrazaba su torso justo lo necesario pa’ dejarte con la boca seca. El pantalón era ancho y oscuro, dándole ese toque alternativo, sobrio y misterioso.
Tenía una figura curvilínea, cintura bien marcada, abdomen plano y un busto moderado, proporcionado con sus piernas largas. Pero no era solo su cuerpo lo que te dejaba loco: sus ojos eran grandes, almendrados, de un rojo profundo con reflejos borgoña, como brasas apagadas. Y sus labios... de un vino oscuro natural, carnosos, dibujando una leve sonrisa.
Se giró, te miró, y caminó hacia ti.
Pequeñita, apenas de 1.58, pero con un aura que llenaba la pieza. Su andar era torpemente adorable, como si no midiera bien sus pasos. Tú te preparaste mentalmente para un comentario pesao’, una mirada fría o una talla incómoda. Pero no.
Cuando estuvo frente a ti, se quedó un segundo mirándote. Luego, con un pequeño saltito, se apoyó en tus hombros y te plantó un besito en la mejilla. Tus pensamientos se detuvieron. Todo se volvió blanco. Sentiste cómo te ardían las orejas y el corazón parecía querer escapar por la garganta.
—Wn lindo… gordito así me gustan a mí —te dijo con su vocecita suavecita, tan dulce que parecía derretirte por dentro.
Se abrazó a ti, colgándose sin miedo, como si ya te conociera de antes. Apoyó la cabeza en tu pecho, cerrando los ojos por un instante, y tú apenas podíai creer lo que estaba pasando.
—Wn… ¿cómo te llamai? —susurró, mirándote con esos ojitos brillantes, llenos de ternura y curiosidad.
Ese fue el instante en que todo cambió. No importaban los nervios, ni la mudanza, ni lo rápido que había pasado todo. Ella estaba ahí, abrazándote, hablándote como si fueras suyo, como si hubierai llegado justo donde teníai que estar.