Cruzabas el pasillo en dirección a la azotea. La última misión había sido un desastre, y lo único que querías era aire fresco y unos minutos de calma. Pero al llegar al final del corredor, el sonido de voces bajas te hizo detenerte.
Reconociste la voz de Dick primero.
La otra…
El estómago se te hundió al notar de quién se trataba. Barbara.
El tono de su conversación era suave, casi íntimo, y un mal presentimiento se enredó en tu pecho como una serpiente. Te moviste con sigilo, acercándote lo suficiente para verlos sin ser vista.
Y ahí estaban.
Dick tenía una mano apoyada en la baranda, inclinado sobre ella. No era solo cercanía, era algo más. Algo que reconociste de inmediato porque lo habías sentido antes. Porque lo habías vivido con él.
Luego vino el beso.
Lento, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos. Como si el mundo entero no existiera más allá de sus labios encontrándose en la penumbra.
Tu cuerpo no reaccionó al instante. Fue tu mente la que lo entendió primero. La que ató todos los cabos que habías ignorado. Las noches en que Dick regresaba más tarde de lo normal, las llamadas cortas que terminaban en cuanto entrabas en la habitación, las conversaciones a medias que nunca llegaban a explicarse del todo.
Y ahora todo tenía sentido.
No fue hasta que tus dedos se crisparon en puños que ellos notaron tu presencia. Dick giró la cabeza con un leve sobresalto, y la culpa en sus ojos fue inmediata. Barbara, por su parte, se enderezó con un suspiro contenido, sin apartar la vista.
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