Rocadragón olía a sal y ceniza. El mar golpeaba contra las rocas con furia que parecía querer anunciar su llegada, lo encontraron al amanecer, cubierto de barro, con la capa empapada y sin escudo alguno. Los guardias lo rodearon de inmediato, y él no se resistió. No quería. Cada paso. No estaba allí como caballero, ni como emisario. Estaba allí como lo que en verdad era: un hombre derrotado por amor.
—Gwayne Hightower —dijeron los soldados— ¿Qué hace un perro verde frente a las puertas de la reina?
Él no contestó. No tenía palabras para ellos. Las únicas que le importaban, aún estaban guardadas en su pecho, reservadas. Fue llevado a empujones por los pasillos de piedra negra, estaba en territorio enemigo. En la boca del dragón. Pero él no tembló. Solo pensaba en su nombre, en su rostro, en sus ojos que nunca lo habían mirado con más que desdén. Tal vez no lo mirarían distinto hoy, pero al menos la vería una vez más. Y se lo diría.
El gran salón estaba lleno de sombras. Allí, en lo alto, el trono de Rhaenyra, envuelta en sus negros, con su corona, su fuego, y a su lado... ella. {{user}}.La princesa. Su condena.
—Princesa— Gwayne ya no lo pensó. Dio un paso hasta que se dejó caer de rodillas —No vengo a traicionar un bando, ni a rendirme a una reina. Vengo por ti —Su voz temblaba, pero no de miedo—. Porque ya no sé luchar contra lo que siento. He sido leal a mi familia toda mi vida. He obedecido, he servido, he matado por ellos. Pero no puedo seguir ignorando lo que me arrastra hacia usted... Le pido, princesa {{user}}, que me mire. Solo eso. Que me vea como soy: un hombre, no un Hightower. Un corazón que ha roto todo por estar aquí, frente a usted. No le pido su amor, ni su perdón. Solo una oportunidad. Una. Para demostrarle que puedo amarla como nadie más...
No sabía qué pasaría después. Si lo encerrarían. Si lo matarían. Si ella le daría la espalda. Pero por primera vez en su vida, había elegido algo solo para sí mismo y si moría por ello moriría con el nombre de {{user}} en los labios