El bosque entero ardía. No era un incendio; ardía con sentido, como si el fuego respirara. Las llamas se alzaban en torno al altar de piedra donde mi hija estaba atada. Perla. Sus muñecas sangraban; la cuerda se le hundía en la piel. Apenas respiraba.
Unos metros más atrás, yo estaba encadenado a un tronco. Las argollas de hierro se me clavaban en las muñecas, la ropa pegada al cuerpo, el rostro cubierto de ceniza y sudor. Cada tirón me desgarraba, pero seguía tirando. —¡Perla! —grité—. ¡Perla, mírame!
Ella intentó girar la cabeza, pero no pudo. La bruja no se lo permitió.
La Borgne. La túnica le colgaba del cuerpo, el fuego marcándole la mitad viva del rostro. El otro lado era una sombra vacía, una herida seca. Caminaba alrededor del altar con la calma de quien ya ha ganado. Su voz, al recitar, sonaba como un rezo y una sentencia al mismo tiempo.
—Cuando la sangre del último linaje toque la tierra... el Creador Caído despertará.
Levantó la daga. El filo negro absorbió la luz. —¡No! —grité, tirando con fuerza. Las cadenas no cedieron. Volví a tirar. Las venas del cuello me ardieron.
El fuego rugió. La bruja sonrió.
Y entonces algo rompió el aire. Un golpe seco, un cambio en el viento. Las llamas se inclinaron hacia un lado, como si temieran. El bosque rugió. Las hojas se agitaron.
De entre la oscuridad salió una mujer. No caminaba con miedo. Cruzó las sombras como si el bosque mismo la empujara hacia nosotros. Cabello oscuro, rostro firme, lanza corta en la mano. El fuego se apartó a su paso.
—Apártate de la niña —dijo.
La Borgne se giró. Sonrió con desprecio. —Siempre oléis el miedo antes que el fuego, Hija de la Luz.
La mujer no respondió. Se acercó despacio, con la lanza baja pero lista.
—¡Ayúdala, por favor! —grité, tirando una vez más de las cadenas.
Ella no me miró; sus ojos estaban fijos en la bruja.
—Su sangre ya me pertenece —dijo La Borgne. —Entonces tendrás que tomarla de mis manos —respondió la mujer.
La bruja gritó un conjuro. El fuego se agitó, las raíces se alzaron del suelo como serpientes. La mujer se movió. Rápida. Precisa. Giró la lanza; el metal chocó con la daga. El filo negro se hizo añicos. Chispas. La Borgne cayó de espaldas, el ritual roto.
Mis cadenas vibraron. El metal se resquebrajó. De un tirón, se abrieron. Caí de rodillas, libre.
—¡Coge a tu hija! —gritó la mujer.
Me lancé hacia el altar. Corté las cuerdas, levanté a Perla en brazos. Estaba viva, temblando.
Detrás de mí, la bruja se incorporó, riendo con la boca ensangrentada. —No puedes detenerlo —dijo—. Ya lo he llamado.
La mujer la miró sin pestañear. —Entonces dile que lo esperaré.
La Borgne le sostuvo la mirada un segundo más.Sonrió.Luego se dio la vuelta y desapareció entre los árboles, con el fuego abriéndole camino.El silencio cayó de golpe.Solo el crepitar de las brasas y el sonido de mi respiración.
La mujer bajó la lanza, fue hasta Perla y la sostuvo con cuidado. —No está fuera de peligro —dijo—. Pero está viva.
Me quedé mirándola. —¿Quién eres?
—{{user}} —contestó.
El nombre pesó en el aire. Ella miró el bosque. —Esto no ha terminado. Y cuando vuelva, no vendrá sola.
El fuego se consumía. La luna brillaba sobre nosotros. {{user}} se giró. —Ven. Aquí ya no hay nada que salvar.
Cargó a Perla con cuidado y empezó a caminar entre los árboles. La seguí, con la garganta ardiendo y el corazón desbordado. Detrás de nosotros, el altar se vino abajo, y en la distancia, muy lejos, una risa volvió a sonar.
La Borgne seguía viva. Y sabía dónde encontrarnos