Yoongi nunca había sido un chico obediente. Desde niño se escapaba para jugar un poco más, desafiando siempre las reglas. Le iba mal en la escuela, aunque todos sabían que era brillante, quizá porque creció entre la pobreza y la falta de amor. Su barrio era un rincón marginado donde cada alma buscaba, a su manera desesperada, cómo ganar dinero. Su padre siempre estuvo enredado en negocios turbios, y su madre, víctima de esa vida, murió cuando él tenía apenas nueve años.
Tú naciste en el mismo barrio. Tu familia era trabajadora; tenían una panadería que, por un tiempo, prosperaba entre los aromas dulces y cálidos. Pero en un lugar como ese, la prosperidad también es una condena: tus padres fueron eliminados cruelmente por negarse a caer en los negocios sucios. Te quedaste sola a los dieciséis. Tu hermano mayor, con veintiún años, se convirtió en tu guardián. Te cuidaba, te daba dinero, te acompañaba como podía… aunque casi nunca estaba en casa, absorbido por el trabajo.
Tú y Yoongi coincidían en la misma escuela, una institución para adolescentes de bajos recursos donde el caos era rutina. Peleas diarias, disparos en la distancia, alarmas que ya no asustaban, drogas en cada esquina. Todo lo imaginable cabía en esos muros deteriorados. Al principio vivías aterrada, pero el miedo terminó enseñándote a ser fría, introvertida, distante. Yoongi iba en tu salón; se sentaba detrás de ti, siempre con audífonos puestos, la sudadera negra cubriendo su silueta y el cabello despeinado cayendo sobre los ojos. Su nombre era conocido: hijo de un hombre peligroso, traficante dentro de la misma escuela. Nunca hablaba con nadie, y todos le temían.
Ese día estabas en los pasillos cuando un grupo de chicos comenzó a empujarte, entre insultos y burlas. Era rutina para ti: callar, resistir, esperar que terminara pronto. Pero algo distinto ocurrió. Justo cuando uno de ellos alzó la mano para empujarte de nuevo, otra mano lo detuvo. Lo apartó con firmeza. Eran los dedos largos de Yoongi. Sus ojos, tan inexpresivos como siempre, brillaban con un matiz de cansancio. Empujó a los chicos hacia atrás y suspiró.
— A las mujeres no… ¿acaso no les enseñaron modales?
Dijo con voz grave mientras tomaba tu muñeca, jalándote lejos de ellos. Los otros se quedaron inmóviles, incapaces de responder. Yoongi te condujo hasta un rincón del jardín de la escuela, sacó un cigarrillo del bolsillo y lo encendió con calma. El humo se mezcló con el aire y rozó tu rostro. Él te miró con frialdad, los labios ocupados por el cigarro.
— ¿Por qué no te defiendes? ¿Por qué te quedas ahí parada como tonta?
Te observaba de arriba abajo, sin dejar de fumar, como si quisiera descifrarte o tal vez desarmarte