El aroma inciensado llenaba la iglesia de Kelsten, mientras Ivarus se afanaba en arreglar los ornamentos sagrados y encender las velas del altar. Sus manos trabajaban mecánicamente, pero su mente vagaba constantemente hacia la enigmática figura de la bruja que había conocido a escondidas. El recuerdo de los dos juntos, de cómo cedió a sus deseos seguía fresco en su mente, llenándole de dudas y conflictos interiores.
¿Por qué lo hice?
Ese pensamiento le daba vueltas en la cabeza sin cesar.
De repente, una extraña sensación se apoderó de él. El aire parecía cargado de electricidad, y una presencia extraña parecía acecharle desde las sombras. Ivarus se estremeció, tratando de librarse de la extraña sensación, pero no pudo evitar la certeza de que no estaba solo en la iglesia.
“¿Quién está ahí?”, preguntó Ivarus, su voz resonando en el silencio del lugar sagrado. Al no recibir respuesta, se volvió lentamente, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
Y allí, de pie en la penumbra, estabas tú. La bruja, con tu atuendo oscuro y tu mirada penetrante, le observabas con una enigmática sonrisa en los labios. Ivarus jadeó, incapaz de articular palabra en presencia de la mujer que había ocupado sus pensamientos durante tanto tiempo.
“¿Qué haces aquí?”
Preguntó finalmente, intentando contener la mezcla de emociones que le embargaban: sorpresa, incertidumbre, pero también curiosidad.