El sol descendía suavemente sobre el campamento mestizo, dorando los campos y tiñendo de ámbar los árboles que rodeaban la enfermería. Las últimas clases del día habían terminado, y el ambiente flotaba con ese aroma a tierra húmeda, a savia, a verano y magia. Tú salías de la cabaña de Deméter con un cesto lleno de flores medicinales que habías cultivado especialmente, respondiendo a una petición de tu abuela. Curar no era solo parte de tu sangre; era casi un susurro de tu espíritu.
Al pasar por los patios, una explosión de luz dorada desvió tu atención. Una hija de Apolo —una de las mejores en combate con arco— se desplomó durante su entrenamiento, víctima de un agotamiento mágico.
Sin pensarlo, caminaste con paso firme hasta ella, dejando a un lado el cesto y arrodillándote. La chica tenía la piel empapada en sudor frío, los labios resecos. Colocaste las manos sobre su pecho y frente, y tus dedos florecieron con pequeñas margaritas, lavandas, lirios sanadores. Con un leve susurro en el idioma antiguo de tu linaje, la energía vital brotó.
Al abrir los ojos, ella los tenía clavados en ti. Un silencio reverente cayó sobre el círculo de mestizos reunidos. La hija de Apolo se incorporó, aún débil, pero con una sonrisa asombrada.
—Tú… tú me salvaste. —Su voz tembló.
Le ofreciste agua de flores y una fruta fresca de tu cabaña. Ella la aceptó con manos temblorosas, sin dejar de mirarte.
—Te debo la vida —dijo.
—No debes nada. Estás viva, eso basta.
Desde la distancia, Leo observaba con una mezcla de orgullo y nostalgia. Aunque ya no eran pareja, todavía lo afectaba verte brillar así. Aunque no se acercó, sus manos se cerraron más fuerte sobre las herramientas del taller.
Y desde el otro extremo, junto a Percy, Annabeth lo vio todo. Al principio con curiosidad… luego con algo más difícil de nombrar.
En los días que siguieron, la hija de Apolo comenzó a visitarte con frecuencia. Primero para agradecer, luego para "ayudarte" a sembrar, luego para acompañarte a desayunar. Su presencia era tan constante como los rayos del sol.
—¿No crees que ya está exagerando? —Annabeth te preguntó una tarde mientras tú molías pétalos de amapola para hacer bálsamo. —Digo, tú fuiste amable, sí. Pero ahora está pegada a ti como hiedra.
La miraste sin expresión.
—No la obligué a nada.
—Claro… —replicó Annabeth, cruzándose de brazos. —Es solo que… antes solíamos hablar más. Yo pensaba que podríamos ser amigas. Aliadas, incluso. Pero ahora… no sé. Parece que ella ocupó ese lugar sin preguntar.
—Tú también te alejaste —dijiste, y el tono fue suave pero firme.
Annabeth parpadeó, sorprendida. Sus mejillas se encendieron, como si jamás esperara que tú le devolvieras una verdad tan directa.
—Es que tú das miedo a veces.
—No es mi culpa si el jardín florece incluso cuando no lo riego.
Annabeth entrecerró los ojos, ofendida, confundida. Como si de pronto entendiera que contigo no podía jugar al ajedrez emocional como con los demás.
Esa noche, alguien golpeó la puerta de tu cabaña. Era la hija de Apolo.
—¿Puedo quedarme esta noche aquí? Hay una tormenta —dijo, sin realmente esperar respuesta.
Asentiste. Compartieron el té, el silencio y un viejo libro de poemas. Ella se acurrucó a tu lado con naturalidad, y tú no hiciste nada por evitarlo. Cuando cayó dormida, abrazada a tu brazo, suspiraste. No la amabas. No querías jugar con ella. Pero estabas cansada de rechazar suavidades.