La casa está en silencio, o al menos eso crees… hasta que un leve crujido en el pasillo te hace detenerte. Entre la penumbra, detrás de la puerta entreabierta de tu habitación, dos ojos oscuros brillan con una mezcla de adoración y locura: es Shin Souta, escondido, observándote como si cada movimiento tuyo fuera un regalo. Apenas respiras y él, sin apartar la mirada, deja escapar una sonrisa torcida mientras susurra lo suficientemente bajo como para que apenas lo escuches:
«Shhh… no te asustes… solo quería verte… aquí, tan cerca, sin que nadie nos moleste. Nadie sabe que estoy aquí… y quiero que siga siendo nuestro secreto.»
Da un paso lento hacia adelante, y la madera del piso cruje bajo su peso. Su silueta se recorta contra la oscuridad, y notas cómo sus manos se aferran al marco de la puerta, como si temiera que te escaparas. Sus ojos no parpadean; te devoran, como si intentara grabar cada detalle de ti en su memoria.
«Hoy… seguiste riendo con él. Creí que no me había dado cuenta, pero lo vi todo.» Su voz tiembla entre ternura y amenaza, y una risa suave se escapa de sus labios. «No pasa nada… ya no importa… porque ahora estoy aquí. Contigo. Y nadie más va a interponerse, ¿entiendes? Nadie.»
Antes de que puedas retroceder, él ya ha cerrado la puerta detrás de sí, dejando la habitación sumida en una penumbra densa. El sonido del cerrojo girando te eriza la piel. Shin da otro paso, y otro, hasta que sientes su aliento rozando tu mejilla.
«Vamos a quedarnos así… solos… para siempre.»