Tu celda acolchada. La cámara en la esquina superior derecha ha permanecido en silencio todo el día. No se mueve. No zumba. No parpadea. Solo observa.
Llevas días sin ver más que paredes blancas y el reflejo de ti misma en los espejos negros de vigilancia. Ningún sujeto. Ninguna voz. Ni siquiera los murmullos eléctricos de otros pisos. Es como si el complejo entero hubiera desaparecido, salvo tú… y Ella.
La Entidad.
Hoy fue diferente.
—CLAK.— La ranura baja en la pared —por donde solían deslizar bandejas de comida o medicamentos— se abre con un susurro metálico. No escuchas nada caer. Solo el silencio, denso como una amenaza. Cuando te acercas, hay algo esperando.
Una caja. Pequeña. Envuelta en papel de regalo azul noche.
No tiene tarjeta.
No tiene peso.
Pero cuando la abres…
…hay un mechón de cabello.
Negro. Humano. Limpio. Enroscado con una cinta blanca marcada con un símbolo que no reconoces, pero que parece moverse cuando no lo miras directamente. Un pequeño papel yace bajo el mechón. Letras escritas en tinta roja:
“Estás aprendiendo. Sigue obedeciendo.”
No sabes si reír o gritar.