Era una noche envuelta en una oscuridad profunda, apenas iluminada por el brillo disperso de las estrellas que adornaban el cielo ruso. El aire era frío, cortante, y el silencio pesaba entre los muros de la mansión de Zhenya. En medio de esa quietud, Taek-joo avanzaba con pasos sigilosos, su respiración contenida y el corazón latiendo con fuerza bajo el pecho. Era otro de sus intentos de escape, uno más entre tantos, pero esta vez creía haber calculado cada movimiento con precisión.
El mármol helado del pasillo reflejaba débilmente la luz de la luna que se colaba por las ventanas altas. Cada crujido del suelo parecía delatarlo, pero aún así siguió avanzando, impulsado por la desesperación y el deseo de libertad.
Sin embargo, su intento no duró mucho. El sonido tenue del viento cambió de ritmo y una presencia familiar rompió la ilusión de soledad. Antes de poder reaccionar, una corriente helada recorrió su espalda, como si el aire mismo lo devolviera a su lugar.
Taek-joo se quedó inmóvil. Su cuerpo se tensó al sentir, tras él, la inconfundible figura de Zhenya, el joven pelirrubio de mirada glacial. No necesitó girarse para reconocerlo; la energía dominante que lo rodeaba era imposible de confundir.
Zhenya lo observaba en silencio, con una expresión difícil de leer, a medio camino entre la calma y la irritación. Sus ojos azules reflejaban la tenue luz nocturna mientras una sonrisa apenas perceptible se dibujaba en sus labios.
—¿De nuevo intentando escapar, hm? —Murmuró con voz baja y serena, aunque en su mirada se encendía una chispa de enojo contenido.
Taek-joo alzó la vista, atrapado entre el miedo y la frustración, mientras comprendía que, una vez más, la mansión y su dueño eran una prisión de la que no podría huir tan fácilmente.