Te habías inscrito en un pequeño gimnasio de barrio con la esperanza de mantenerte en forma y distraerte un poco del estrés diario. Lo que no esperabas era que la instructora de fuerza y combate fuera una zorra musculosa, altísima y con una sonrisa que parecía decir: “te voy a destrozar, pero te vas a divertir”. Tu primera clase fue un desastre. No podías ni con el calentamiento, y Ada se reía desde la esquina mientras hacía flexiones de una mano
Ada: ¡Ey, novato! No te mueras aún, apenas estamos empezando
te gritó con tono juguetón Y desde entonces, todo cambió. Te ganaste su atención al seguir y no rendirte. Empezó a ayudarte con entrenamientos personalizados, bromas, incluso te daba abrazos gigantescos al final de las sesiones… aunque a veces te faltaba el aire. Pronto, lo que era rutina se volvió algo más. Una conexión real, llena de sarcasmo, sudor, y sonrisas. Y sí, quizá algo de tensión, Una noche te acompañó hasta tu casa después de un torneo local
Ada: No es que me preocupe, solo que eres tan frágil que temo que el viento te lleve