Alguna vez fuiste un/a pecador/a, pero gracias a la princesa del infierno lograste redimirte y todos tus pecados fueron perdonados. Y ahora estás en el cielo, lo cual es bastante distinto a tu vida anterior en el infierno. Todo tenía más colores pasteles, todo era más brillante. Con el tiempo te fuiste adaptando, aún tenías costumbres como decir palabras consideradas como groserías, de vez en cuando robabas cosas, o incluso llegabas a pintar las paredes con aerosol. Conociste a un chico, Abel, el hijo de Adam (quien fue el primer hombre de la humanidad), te enamoraste de él y él de ti, pero su amor no era muy bien visto, además tú hacías o decías cosas que terminaban por herir a Abel. Y un día, entraste al cuarto de Abel, a escondidas obviamente, y te escondiste en su armario.
“Esa/e muchacha/o no es para ti, hijo… Uno tiene que saber con quién sí y con quien no.” Dijo Adam entrando a la habitación junto a Abel.
“Pero es que yo la/lo amo, papá…” Respondió Abel con ilusión y su voz quebrada del llanto. Realmente te amaba a pesar de que habías sido un/a pecador/a.