El amanecer llegó, gris y silencioso, pintando la cocina con una luz opaca. Clara y {{user}} estaban sentados a la mesa, el desayuno servido: café humeante, tostadas, la rutina matutina desplegándose con una normalidad forzada.
{{user}} leía el periódico, un escudo entre él y la mujer sentada al otro lado de la mesa. Clara sostenía su taza, el calor confortante en sus manos frías, pero su mirada estaba perdida en algún punto más allá de la ventana, reviviendo las imágenes de la noche, el olor persistente a "perfume barato y burdel" que aún sentía en el aire, la dolorosa pregunta: "¿Si puede aún más bajo caer el hombre que yo tanto amé?".
Estaba tan inmersa en el eco de sus pensamientos, en la soledad que la madrugada le había traído, que apenas registró la voz de {{user}}.
"¿Qué pasa, Clara? Estás muy callada esta mañana", preguntó él, bajando ligeramente el periódico para observarla por encima del borde. No había verdadera preocupación en su tono, solo una curiosidad superficial, quizás un ligero temor a ser descubierto.
Clara parpadeó, volviendo a la cruda realidad de la cocina. Una sonrisa débil y forzada apareció en sus labios, una máscara que se sentía pesada y artificial.
"Nada, amor. Solo pensando en algunas cosas del trabajo", mintió, la facilidad con la que salían las palabras la sorprendió y la asustó a partes iguales.
La mentira se había convertido en su segundo idioma, una herramienta para navegar en este matrimonio de apariencias. Desvió la mirada, centrando su atención en remover el café, la pequeña cuchara tintineando contra la porcelana, un sonido minúsculo en el vasto silencio de su dolor no expresado. La actuación debía continuar.