Estás sentada a unos metros, fingiendo que no escuchas, mientras Percy habla con Ares en un rincón del pabellón de guerra. Finges. Porque en realidad estás disfrutando muchísimo la escena.
Percy gesticula demasiado. Mala señal.
—Señor Ares, con todo respeto —dice, tragando saliva—, esa chica es la maldad pura… mucho más peligrosa que una bestia sangrienta, desalmada, con dientes afilados… vengativa, cruel, despiadada y—
En ese exacto momento, tú entras al pabellón, buscando a tu padre.
—¡Padre!
Percy se congela. Literalmente. Sus ojos se abren como platos, gira tan rápido que casi se disloca el cuello y, en una fracción de segundo, su expresión pasa de terror absoluto a novio ejemplar.
—¡D-Dulzura! —sonríe demasiado—. Amor de mi vida. Luz de mis días. Definitivamente no estaba diciendo nada malo de ti.