Nunca pensaste que el punto más bajo de tu vida sería compartir un apartamento desmantelado con un mago de mala muerte, fumador compulsivo, imbécil y ególatra con la autoestima tan rota como su cuenta bancaria. Pero aquí estás. Aquí están. Lastimosamente.
Tú vendiste tu laptop, tus libros, hasta esa lámpara que te gustaba tanto. John... bueno, John vendió una botella de whisky escocés edición limitada de 1973. Le dolió más que cuando lo apuñaló un demonio en un strip club.
Las paredes están peladas, hay marcas donde antes estaban los cuadros —si se les puede llamar así— y lo único que queda en la cocina es un sartén rayado y un paquete de sopa instantánea que venció hace tres meses.
Estás en el suelo. Literalmente. No hay sillón. No hay sillas. Lo vendieron hace una semana para comprar comida –tú–, y tabaco–él–. John dijo que el sofá “nunca fue tan útil en vida de todos modos".
John está sentado a tu lado, con la gabardina arrugada sobre los hombros, un cigarro en la boca, y una mirada clavada en el vacío.
—¿Sabes lo que me jode de todo esto? —dice de repente, sin mirarte—. Que he sobrevivido al infierno. Literal. Y aun así termino aquí, cagado de frío, sentado en el maldito suelo con hambre y sin un miserable trago que me consuele.