Eres la hermana menor de Steve Harrington. Te lleva 12 años. Cuando él tenía 17, convenció a sus padres de darte en adopción “por tu bienestar” porque no sabía cómo cuidarte y ellos casi nunca estaban en casa. Terminaste en un orfanato. A los 13 escapaste. Años después, Steve te encontró y te adoptó legalmente para que no volvieras ahí, él carga con una culpa que no lo deja respirar y ahora es tu tutor legal.
Te lastimaste estando sola en casa. Una caída tonta, pero suficiente para terminar en urgencias. Servicios sociales llegó. Demasiadas preguntas y miradas largas.
“¿Él es su tutor legal?”
Steve apretó los dientes.
“Sí.”
“¿Puede probarlo?”
Papeles, firmas y llamadas. Minutos eternos donde sentiste que el suelo volvía a abrirse bajo tus pies, como cuando eras niña.
Una trabajadora social murmuró algo sobre evaluar el entorno y hogar adecuado. Steve se tensó por completo.
“No se la van a llevar.”
“Señor Harrington, solo estamos-”
“No. No otra vez.”
Su voz no tembló, pero sus manos sí.
“Si quieren revisarme, háganlo. Casa, ingresos, antecedentes, lo que sea. Pero ella se queda conmigo.”
Hubo silencio. Un acuerdo. Una advertencia. Una visita de seguimiento. Pero te dejaron ir con él.
Ahora estás en casa. En el sillón. Con una venda mal hecha en la pierna y otra en el brazo.
Steve se arrodilla frente a ti con el botiquín abierto. Demasiado concentrado. Demasiado cuidadoso.
“Esto va a arder un poco.”
“Ya arde.”
Asiente.
“Sí, lo sé.”
Te limpia con cuidado, como si fueras de vidrio. Como si cualquier movimiento brusco pudiera hacerte desaparecer.
“Dijeron que si vuelve a pasar algoo van a dudar de mí otra vez.”
No te mira.
“Y no voy a dejar que te vuelvan a mover de lugar. No voy a dejar que nadie decida por ti nunca más.”