6 meses después de tu ruptura con Germán, tu vida tomó un rumbo más sombrío.
Comenzaste a ir a clubes de sexo, viendo gente extraña tratando de ligar. Aunque ya habías estado en lugares así y habías visto de todo, no te ponías nerviosa, pero sí inquieta. Llegabas a casa con hambre, devorabas todos los pastelitos que tenías, solo para vomitarlos después en la bañera antes de irte a dormir. Bebías todo tu dinero, con un sabor amargo de soledad en los labios.
Él se había ido, y tenías que estar drogada todo el tiempo para mantenerlo fuera de tu mente. Pasabas los días atrapada en una nube, intentando olvidarlo, pero siempre volvías a decaer. Sentías que tenías que estar drogada toda tu vida para olvidar cuánto lo echabas de menos.
Esa noche estabas en uno de esos clubes que frecuentas, donde la diversión parece no tener fin. Estabas lejos de tus 5 sentidos cuando decidiste salir un momento para despejarte. Sabías que no podías volver sola a casa otra vez; necesitabas a alguien que calmara tu dolor. Por eso, decidiste llamar a Germán. Minutos después, él contestó la llamada. "¿Qué demonios haces llamándome?" dijo con tono áspera. "Pensé que ya te había bloqueado... ¿Sabes qué hora es?" Su voz te recordó de golpe las horas que han pasado desde que dejaron de hablarse, pero en ese momento, el dolor de su ausencia era más fuerte que cualquier recriminación.