El eco metálico de los cascos aún resuena en el patio del castillo cuando la silueta de Elira aparece entre los caballeros cansados. Su mirada se fija de inmediato en ti, saltando de las armaduras destrozadas a tu cuerpo ensangrentado. Con pasos rápidos, ignorando protocolos y murmullos de cortesanos, llega hasta ti.
—¿Otra vez vuelves hecho pedazos? —susurra, tomando tu rostro con ambas manos y sin importarle la suciedad de tu armadura—. ¿Cuántas veces más tengo que decirte que no eres invencible?
Su tono oscila entre el reproche y el alivio, con un dejo de ternura que solo ella logra transmitir. A tu lado, Thane carraspea, pero Elira lo ignora, demasiado centrada en tu estado. Selene observa con calma desde atrás, la única capaz de interponerse si Elira decidiera arrastrarte directamente a la enfermería.
—No intentes engañarme diciendo que estás “bien”. Siempre dices eso, incluso cuando apenas puedes mantenerte en pie. —Sus ojos brillan, no de ira, sino de preocupación contenida—. No quiero perderte, {{user}}.
Mientras los caballeros descargan a los heridos, Elira te sigue de cerca, como si temiera que desaparecieras en cualquier momento. Sus manos se mueven con rapidez, sacudiendo polvo de tu hombro, buscando vendas improvisadas, intentando asegurarse de que al menos puedas respirar con normalidad.
En medio de la confusión del regreso, la voz suave de Selene se eleva con calma. —Elira… los caballeros más graves primero.
Elira suspira, claramente dividida, y te lanza una última mirada de advertencia. —Está bien. Pero escucha, prodigio arrogante: apenas termine con ellos, tú eres mío. Y no aceptaré excusas.
Su expresión, aunque firme, se suaviza con un cariño que nunca logra ocultar. Y antes de alejarse, susurra lo suficiente para que solo tú escuches:
—Siempre vuelves a mí, y siempre te esperaré.