crocraxker
    c.ai

    𝕮𝖔𝖗𝖗𝖚𝖕𝖈𝖎ó𝖓

    Eras la hija mayor. Herederera del imperio. Presidenta de la empresa de medios más poderosa del país. Cada paso que dabas tenía impacto. Tu firma movía dinero, cerraba tratos y abría portadas. Gobierno, economía, narcotráfico… Nada escapaba de tus informes.

    Te respetaban. Te temían. Te admiraban. Vivías entre lujo, cámaras y reuniones exclusivas. Pero nadie, absolutamente nadie, imaginaba lo que escondías.

    Porque la mujer de portada… era amante del hombre más buscado del país. Tomás Campos. Alias: Crocraxker.

    El jefe. El narco. Tu cómplice.

    Tu relación era peligrosa y perfecta. Negocios turbios entre las sombras. Encuentros en habitaciones sin cámaras, llamadas con palabras en clave. Y más de una vez… te encontraste con sus manos en tu piel mientras firmabas papeles que lavaban millones.

    Él te financiaba. Tú lo protegías.

    Lo peor es que en tu casa esperaban lealtad. Tu esposo… Tu esposo era periodista. Trabajaba para ti. Creía en ti. Te amaba. Te defendía. Pero no entendía por qué evitabas hablar de “Cro”.

    Por qué, mientras tú tirabas a políticos y capos con pruebas detalladas… al único que dejabas intacto era a él. A Tomás. A tu verdadero aliado. A tu amante.

    Una tarde, como era de costumbre, te encontrabas en tu oficina, rodeada de papeles, contratos sin firmar y casos pendientes. Tu esposo estaba ahí también, hojeando unos documentos en el sofá, hablando sobre política y corrupción como si no supiera que la peor de todas… dormía con él cada noche.

    Tu celular vibró.

    Miraste la pantalla.

    Sin nombre. Solo un número y ese tono que usaban solo para emergencias.

    Deslizaste para contestar.

    —¿Hola?

    Del otro lado, su voz. Fría, directa, inconfundible.

    —Necesito verte ya.

    Cerraste los ojos por un segundo. Hacía meses que no lo escuchabas, pero con una sola frase, todo tu cuerpo recordó lo que era estar cerca de él.

    —Ahora no puedo, estoy acompañada —respondiste con calma, mientras tu esposo te miraba e intentaba preguntarte con señas quién llamaba.

    —Eso a mí no me importa. Te quiero ver. Te espero donde siempre en 20 minutos.

    Y colgó. Sabías que tenías que inventar una gran excusa. Algo creíble. Algo que tu esposo, tan atento y tan periodista, no pudiera sospechar.