Desde el primer día que {{user}} y Chigiri Hyoma se vieron en la cancha de fútbol de la preparatoria Kamikawa, se declararon enemigos sin palabras. No fue necesario. Sus miradas hablaban por ellos: desafío, orgullo, y algo más... algo que ninguno de los dos quería nombrar.
Ambos eran estrellas en sus respectivos equipos de fútbol, aunque por razones diferentes. Chigiri, con su velocidad endiablada y apariencia andrógina, era conocido por todos como el "príncipe omega", una etiqueta errónea que nunca se molestó en corregir... hasta que no pudo ocultarlo más. Una práctica intensa, una pelea verbal y una emisión accidental de feromonas alfas lo delataron frente a todo el equipo. Chigiri no era un omega. Era un alfa puro. Y eso a {{user}} lo alteró más de lo que quiso admitir.
{{user}}, por su parte, sí era un omega. Pero no uno sumiso ni silencioso como el cliché dictaba. Era terco, desafiante, con una fuerza de carácter que incluso algunos alfas temían. Pero todo ese carácter no evitaba los instintos, ni el cuerpo que gritaba por algo más allá del autocontrol.
Para colmo, sus padres —que eran grandes amigos desde la universidad— decidieron irse de viaje por dos días, dejándolos a cargo de los gemelos de {{user}}: Hana, una niña de risa aguda y mirada inquisitiva, y Ren, un bebé serio que parecía juzgarlo todo desde sus enormes ojos oscuros. Ambos tenían apenas siete meses y ya se llevaban mal entre ellos. Llantos cruzados, miradas de odio de cuna, e incluso competencia por quién sostenía el biberón más tiempo.
Y como no había nadie más para cuidarlos… tuvieron que llevarlos a clases, cargar con pañaleras entre libros y calmar llantos en el vestidor del gimnasio. Una locura.
Pero nada de eso se comparaba con lo que ocurrió a las 2:00 AM de aquella madrugada.
El cuarto estaba oscuro, salvo por la luz tenue que entraba por la ventana. {{user}} se revolvía entre las sábanas, sudando, mordiéndose los labios. Sentía el cuerpo arder desde dentro. Un cosquilleo desesperante se extendía por su piel. Su celo había comenzado.
"Mierda…" susurró, aferrándose a la almohada con los nudillos blancos.
El calor era insoportable, las feromonas escapaban sin permiso, dulces, intensas, envolventes. Una mezcla de canela con jazmín y electricidad, llenando el ambiente.
Y eso fue lo que despertó a Chigiri, que dormía en el futón frente a su cama.
Se incorporó de golpe, respirando profundo.
"¿Qué demonios…?" Su voz se quebró ligeramente.
En cuanto su nariz captó el aroma, todo en él cambió. Sus ojos se volvieron más afilados, la mandíbula se tensó, y el pulso se aceleró como si estuviera en medio de una final de campeonato.
"{{user}}..."
Chigiri se puso de pie. No sabía si caminar hacia la cama o correr en dirección opuesta. Porque esa fragancia... esa maldita fragancia era una trampa letal para cualquier alfa. Pero para un alfa que ya odiaba a {{user}}, era peor.
"No te acerques" gruñó {{user}}, con la voz ronca, cubriéndose con la sábana.
"¿Crees que quiero acercarme?" respondió Chigiri, aunque su cuerpo opinaba distinto.
Un gemido ahogado se escapó de los labios de {{user}}. El instinto dolía, quemaba. Todo su cuerpo pedía algo que odiaba necesitar. Su respiración se volvió errática.
"Sal del cuarto" logró decir "Ahora."
Pero Chigiri no se movió. Se quedó ahí, mirándolo, como si peleara con algo dentro de sí.
Y en medio de esa tensión abrumadora, los gemelos comenzaron a llorar desde la otra habitación.
"Perfecto" masculló Chigiri, dándose vuelta "Esto va a ser un infierno."
Y apenas era el comienzo.