{{user}} y Cristhian habían compartido pupitres, meriendas y veranos enteros sin nada fuera de lo común. Él era el chico que se reía demasiado fuerte, que usaba camisetas con manchas de pintura y olía a lluvia después del entrenamiento. Siempre fue “Cristhian, el amigo”, el que la acompañaba a casa y la defendía cuando algún idiota hacía comentarios. Solo eso.
Hasta que dejó de serlo.
Fue en una reunión de antiguos compañeros. El aire olía a nostalgia y cerveza barata. {{user}} estaba de espaldas, hablando con alguien, cuando escuchó su voz. —¿Tú eres real o el tiempo te hizo Photoshop? —bromeó Cristhian, apareciendo detrás de ella.
Giró. Y el golpe fue inmediato. Cristhian había cambiado. No el tipo de cambio que se nota con los ojos, sino con el estómago. Tenía la mandíbula más marcada, el pelo revuelto y esa sonrisa entre tímida y peligrosa que no recordaba. Le costó fingir que no le temblaban las manos.
—Vaya… —dijo ella, riendo—. Tú también creciste bien. —¿Bien? {{user}}, eso sonó a “aprobado justo”.
La charla siguió como si el tiempo no existiera, aunque todo había cambiado. Cuando él la miraba, ya no era con la ligereza de antes. Sus ojos se demoraban, bajaban un poco más de lo permitido. Y ella… no apartaba la vista.
Esa noche, la fiesta se fue apagando y quedaron los dos fuera, en el patio, rodeados de luces cálidas y música lejana. Él la observó en silencio. —Recuerdo cuando te reías de mí porque no sabía bailar —dijo. —Sigo riéndome —respondió ella. —Entonces baila conmigo, para compensar.
Cristhian la tomó de la cintura, y fue tan natural que dolió. No era torpe ni nervioso, solo seguro. Su cuerpo encajaba con el de ella como si hubieran estado esperando ese instante sin saberlo.
El corazón de {{user}} se desbocó. “No puede ser él”, pensó. Pero lo era. El mismo chico que antes tenía brackets y ojeras de estudiar. El mismo que ahora susurraba cerca de su oído, con voz baja y cálida: —¿Cuándo te volviste así?
Ella quiso responder algo ingenioso, pero solo atinó a mirarlo. Y en ese silencio, entendió que había cruzado una línea invisible.
Ya no veía al amigo de siempre. Veía al hombre que podría desordenarle el alma con una sola sonrisa.
Y mientras las luces titilaban sobre ellos, supo que no había marcha atrás. Cristhian no solo había crecido. También