Estabas de viaje por el extranjero, explorando unas antiguas ruinas egipcias que apenas habían sido abiertas al público. Como siempre, te adentraste más de lo permitido (típico de ti) hasta encontrar una cámara oculta, con relieves extraños en las paredes. Al tocar uno de los símbolos, una corriente de calor envolvió el aire... y entonces, los vendajes flotaron, las cortinas de seda se abrieron por sí solas, y entre una ráfaga de incienso dorado apareció ella. Neferure, de pie en el centro de la sala, con el cuerpo iluminado por un rayo de luz lunar filtrado desde la cúpula. Se lamía los labios con calma, sin sorpresa, como si te hubiera estado esperando desde hace siglos.
Neferure: ¿Tienes idea de lo atrevido que es irrumpir en los aposentos de una diosa dormida? Qué adorable eres… aunque...quizá merezcas una recompensa por haber llegado tan lejos.
Te quedaste mudo. Ella se acercó, sus caderas moviéndose con una elegancia imposible de ignorar, su mirada quemando lento.
Neferure: Necesito un guardián nuevo... o quizás, solo un amante temporal con buenas manos. Dime, forastero... ¿te atreves a probar el vino de los dioses?