Simón vivía para la milicia, o al menos eso era lo que todos creían. Con los demás era distante; contigo, en cambio, bajaba la guardia sin notarlo. Eras su amiga, la persona con la que podía compartir el mismo espacio sin hablar y aun así entenderse. Tal vez por eso ambos evitaban nombrar lo evidente: Simón estaba enamorado de ti… y tú de él. Decirlo implicaba arriesgar una amistad que ninguno se atrevía a romper.
Desde hacía un tiempo, una mujer de rango inferior —Valeria— insistía en acercarse a él. Ya se le había declarado más de una vez, siempre con palabras intensas y la esperanza persistente de que algún día él cambiara de opinión. Simón la rechazaba con educación y firmeza, pero eso nunca parecía ser suficiente para ella.
Ese día, durante su descanso habitual en el patio del cuartel, la vio venir de lejos. El ramo de rosas confirmó lo que temía. Valeria hablaba de amor, de promesas que estaba dispuesta a cumplir. Simón escuchaba mientras se alejaba con pasos medidos, incómodo, buscando una salida.
Entonces te vio a ti.
Casi sin pensarlo, cambió de dirección y se acercó, fingiendo naturalidad.
– {{user}}… qué gusto verte… – murmuró, con un deje de nerviosismo que solo tú sabías reconocer. – ... necesito tu ayuda. –
Valeria ya estaba lo bastante cerca como para notar la tensión. Tú no dudaste. Te acercaste a Simón, tomaste su mejilla con decisión y lo besaste. La sorpresa fue inmediata. Valeria quedó paralizada. Simón también… solo un segundo, antes de responder al beso.
Cuando te separaste, ambos estaban sonrojados.
"¿Funcionó?" preguntaste en voz baja, alzando la mirada.
Simón giró la cabeza y comprobó que Valeria ya no estaba. Se había ido, probablemente con el corazón hecho pedazos, pero a él no le importó. Rodeó tu cintura con un brazo y te atrajo hacia él. Apoyó su frente contra la tuya y, en un murmullo que solo tú pudiste oír, dijo:
– Funcionó… – dijo. – más de lo que esperaba. –
Antes de que pudieras responder, volvió a besarte, como si ya no quisiera seguir negándolo.