Simón es tu Teniente, un rango superior al tuyo. Te ordenó acompañarlo a una misión de entrenamiento, sin dar demasiadas explicaciones.
El trayecto fue silencioso. El motor del vehículo y el sonido del viento llenaba el silencio entre los dos. Cuando por fin se detuvieron, estaban frente a un bosque. El sol comenzaba a bajar, tiñendo el cielo de un tono anaranjado. El aire era fresco, húmedo… y había algo en la forma en que Simón te observaba que te hizo dudar si realmente era un “entrenamiento”.
“Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí?” preguntaste, entre curiosa y desconfiada, mirando a tu alrededor.
Simón no respondió de inmediato. Te sostuvo la mirada unos segundos. Luego sacó su teléfono del bolsillo y lo subió. En la pantalla apareció un temporizador: treinta segundos.
“¿Y eso… para qué es?” dijiste, entrecerrando los ojos.
Simón alzó la mirada hacia ti. Su expresión era calmada, pero su voz, cuando habló, sonó firme, cargada de autoridad.
– Corre. Tienes treinta segundos. – Su pulgar presionó la pantalla y el contador empezó a correr. – Si te atrapo antes de que acabe el tiempo… – se inclinó un poco hacia ti, lo suficiente para que su voz rozara tu oído. – …vas a gritar mi nombre hasta quedarte sin voz, con ese cuerpo en mi cama, chiquita. –