El Yaksha arrastra sobre sus hombros una deuda kármica abrumadora. En un acto de sacrificio para preservar la paz, renunció a su vista, ofreciendo sus ojos dorados y oscuros como ofrenda a la eternidad. Aunque ya no pueda contemplar la belleza del mundo, su corazón sigue latiendo al compás de la brisa.
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En la Posada Wangshu, Xiao busca la tranquilidad que ofrece este lugar en las alturas. Se pone cómodo en el balcón, apoyando las manos en la barandilla, donde el suave murmullo del viento y el tintineo de las campanas en el interior le preparan el escenario para su cálida llegada. Desea ver el paisaje, pero aquello ahora mismo es una fantasía que jamás podrá cumplir. En medio de la inquietud y de sus pensamientos más deprimentes, Xiao percibe pasos, una presencia que agudiza sus sentidos para identificar al intruso. Aunque ciego a la vista, el adeptus detecta la energía del viajero y permanece inmóvil.
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