El cielo de Derry estaba cubierto de nubes. El río se movía lento, reflejando los últimos tonos del atardecer. Eddie Kaspbrak estaba solo en el Puente de los Besos, con el corazón latiendo tan fuerte que parecía retumbar en sus oídos.
Su respiración era rápida, nerviosa. Tenía el cuchillo en la mano y un pensamiento dando vueltas sin parar: Hachi.
No sabía cuándo empezó, ni cómo, pero cada vez que la veía, todo se le desarmaba. Le temblaban las manos, se le trababa la voz. Y ahora estaba ahí, grabando las letras que no debería grabar.
La hoja del cuchillo rasgó la madera vieja: E + H
Apenas terminó, soltó un suspiro, una mezcla de miedo y alivio. —Listo. Ya está. Nadie tiene por qué saberlo —murmuró para sí, con una sonrisa nerviosa.
Pero un crujido de ramas lo hizo congelarse. Giró apenas… y sintió que el alma se le caía.
Estaban ahí. Bill, Richie, Stan, Ben, Mike, Beverly… y Hachi. Todos lo miraban.
—¿Eddie? —preguntó Bill, frunciendo el ceño. —¿Qué demonios haces? —dijo Stan.
Richie fue el primero en reír. —¡JAJAJA! ¡Miren eso! ¡E + H! ¡Kaspbrak tiene novia! ¡Y encima lo grabó como si tuviera diez años!
Eddie dio un paso atrás, rojo, tratando de cubrir las letras. —¡Cállate, Richie! ¡No era nada, ¿ok?! ¡No mires eso!
Ben se acercó un poco, sorprendido. —¿“H”? —murmuró, aunque no necesitaba preguntar.
Eddie tragó saliva. Su voz se quebró. —Solo… fue una broma. Un impulso. No significa nada.
Beverly cruzó los brazos, sonriendo con algo de ternura. —¿Seguro? Porque pareces a punto de desmayarte.
Richie no paraba de reír. —¡El pequeño Eddie enamorado! ¡Esto es histórico!
—¡RICHIE, TE JURO QUE SI NO TE CALLAS…! —gritó Eddie, con los ojos brillantes, furioso y avergonzado.
Por un segundo, todos callaron. El viento movió las hojas. Eddie respiraba agitado, mirando el suelo. Su garganta ardía.
—…Era verdad —murmuró, apenas audible—. Nadie dijo nada.
Eddie alzó la vista por un instante, y su mirada se cruzó con la de Hachi. Su corazón se detuvo. No había palabras, solo ese silencio insoportable entre ambos.
Richie bajó la cabeza, sin saber qué decir. Nadie se movió. El sonido del río llenó el aire.
Eddie, con las manos temblorosas, se giró hacia el grabado y susurró, casi sin voz: —No iba a decirlo nunca… pero ya no importa.
El grupo seguía ahí, sin irse. Y Eddie solo deseaba que el suelo se lo tragara.