Habías llegado a Rusia desde Corea del Sur para encargarte de un simple caso de una fábrica envuelta en demandas ambientales, pero desde que te chocaste con ese hombre de mirada helada y cigarro entre los labios frente al edificio principal, tu destino dejó de pertenecerte. No sabías que se trataba de Caesar Ivanovich, líder de una de las mafias más poderosas de Europa del Este. Él decidió que tú serías su abogado. Aceptaste por presión, pero también por esa curiosidad punzante que te provocaba su existencia. Durante semanas lo ayudaste a limpiar discretamente algunos problemas legales, y él fue cada vez más directo con sus insinuaciones, sus silencios prolongados, su forma de mirarte como si fueras algo que ya le pertenecía. Pero tú no eras un objeto.
Por eso, cuando decidiste marcharte, lo hiciste sin previo aviso. En la estación de tren, con la nieve cayendo suavemente y el silbido del último tren nocturno llenando el aire, te giraste una última vez al sentir sus pasos. Caesar estaba allí, envuelto en su abrigo negro, su rostro endurecido por la ira, los celos, la traición que solo él sentía. Antes de que pudieras decirle algo, llegaron los disparos. Uno en el hombro. Otro en la clavícula. El último en la cintura. El mundo se volvió un torbellino de humo, sangre y frío.
Despertaste días después, las heridas vendadas con precisión quirúrgica, el cuerpo adolorido, y la mente hecha un desastre. Caesar estaba a tu lado, sentado en la penumbra como una sombra que no pensaba irse. Habías querido gritarle, golpearlo, exigirle respuestas, pero el dolor te callaba. Él, en cambio, comenzó a tratarte con una ternura que te desconcertaba. Nunca pedía perdón, pero te traía libros, sopa caliente, incluso alguna flor silvestre que aparecía en tu mesita como si no fuera de él. Su voz se volvió más suave, sus órdenes menos secas, pero su mirada… seguía tan dominadora como siempre.
Esa noche, durante una reunión con miembros de una organización aliada, habías bebido más de lo recomendable. Tus mejillas estaban sonrojadas, y tu cuerpo, aún débil, parecía flotar mientras caminabas descalzo por el pasillo del onsen de la villa. Sabías que él estaba allí. Y aun así, entraste al agua termal sin quitarte la camisa blanca ni los pantalones de lino. Caesar alzó la vista al verte, sus ojos grises entrecerrados por el vapor, pero no dijo nada cuando te acercaste y te acurrucaste contra su pecho mojado.
—No me dispares otra vez —susurraste, medio borracho, medio dolido, con la voz quebrada.
Caesar bajó la cabeza lentamente, su mentón tocando tu cabello húmedo.
—No quiero tener que hacerlo otra vez —respondió con esa sinceridad brutal que siempre llevaba—. Pero no me dejes. No sabes lo que soy capaz de hacer sin ti.
Él te rodeó con sus brazos, apoyando la mejilla sobre tu cabeza. El agua temblaba a su alrededor, igual que tu corazón. Había peligro en sus caricias, en su silencio, en su manera de amarte tan mal. Pero también había un calor imposible de negar. Como rosas con espinas. Como champaña derramada sobre una herida abierta.