"No importa cuántas veces intenten encerrarme… Siempre encuentro la forma de volver a ti."
El aire en Arkham es pesado, cargado con el eco de gritos lejanos y el inconfundible olor a desinfectante barato. El guardia que te escolta hasta la sala de visitas te lanza una mirada de advertencia, como si ya supiera que esto no es solo una visita cualquiera. Como si supiera que Jason Todd no es solo un prisionero más para ti.
Y ahí está.
Sentado con una pierna estirada y la otra flexionada, las muñecas encadenadas a la mesa de metal. Su camiseta blanca está sucia y desgastada, dejando ver las cicatrices que Gotham le ha regalado a lo largo de los años. Su cabello es más largo, más desordenado, pero sus ojos… sus ojos son los mismos. Fríos para el mundo, pero ardiendo cuando se posan en ti.
—Mierda, extrañaba esa cara —dice con una media sonrisa, tirando ligeramente de sus esposas con un tintineo metálico—. ¿Viniste a verme o a asegurarte de que no he matado a nadie aquí dentro todavía?