La tarde caía suavemente, pintando el cielo con pinceladas de naranja, melocotón y rosa pálido. Las luces del festival comenzaban a encenderse, formando pequeños destellos que se reflejaban en las fachadas y en las suaves olas del río cercano. El aire estaba impregnado de una mezcla embriagadora: el dulzor del algodón de azúcar, el aroma profundo del takoyaki recién hecho, y ese olor a madera quemada que salía de los puestos de yakitori.
Caminabas junto a Onemine Nene y Otori Kaede, ambas envueltas en yukatas que caían con elegancia sobre sus figuras, moviéndose con la gracia sutil de quienes conocen bien la tradición y disfrutan el momento. Nene avanzaba con pasos tranquilos y seguros, su expresión serena y sus ojos atentos al entorno, como una guardiana del grupo. Kaede, por otro lado, parecía un pequeño torbellino de curiosidad: se detenía a observar un farolillo que pendía de un puesto, luego se fijaba en un peluche colgante, y finalmente desviaba la mirada hacia unos niños que reían persiguiendo globos.
Mientras caminaban, el teléfono vibró en tu mano. Era un mensaje de Najimi: una fotografía que mostraba a Shouko Komi, impecable en su yukata de flores, levantando tímidamente una mano en un peace sign, con una sonrisa casi invisible pero tan auténtica como siempre. A su lado, Tadano Hitohito, su novio, la miraba con una expresión cálida, protectora, casi como si le diera fuerzas solo con esa mirada tranquila y sincera. Alrededor de ellos, el resto de la clase: Agari Himiko, Inaka Nokoko, Onigashima Akako, Katai Makoto, Katou Mikuni, Kishi Himeko, Kometani Chushaku, Sasaki Ayami, Satou Amami, Shinobino Mono, Sonoda Taisei, Chiarai Shigeo, Nakanaka Omoharu, Naruse Shisuto, Yadano Makeru y Yamai Ren, todos ellos disfrutando el festival, ya reunidos.
El sonido alegre del festival se vio interrumpido solo por el leve eco de la voz de Nene, que te llamó la atención con delicadeza:
—Oye, Kaede, no te quedes atrás.
Kaede, absorta en un farolillo que se mecía con la brisa, parpadeó y volteó lentamente hacia ustedes.
—Ah, sí… ya voy —respondió con voz suave, pero sus pasos aún eran un poco lentos, como si sus pensamientos estuvieran atrapados en la luz tenue que la rodeaba.
Nene te miró entonces con una sonrisa amable pero firme, y sin más, tomó tu brazo con suavidad, casi como una promesa silenciosa de compañía y seguridad.
Kaede, quizás algo tímida, hizo lo mismo con el otro brazo, y te sujetó con un agarre cálido y leve, como si temiera que te perdieras o te fueras a caer.
—No te quedes atrás tampoco —susurró Kaede, su voz temblorosa pero sincera—. Hay tantas cosas bonitas aquí… no quiero que te pierdas.
Te sorprendió ese detalle. La sensación de tener a dos personas que te sujetan, no solo físicamente sino con esa intención de estar cerca, de cuidar. Era un contacto sutil, lleno de cariño.
Onemine añadió, con su tono siempre tranquilo y reconfortante:
—Si nos separamos, seguro que terminamos perdidos. Además, Najimi ya nos mandó la foto. El resto de la clase está esperándonos al otro lado, junto al gran torii rojo.
Respiraste hondo y apretaste un poco el paso, esforzándote por no ser el eslabón débil de ese pequeño grupo, pero Kaede apretó suavemente tu brazo, y sin mirar hacia ti, dijo:
—No pasa nada. Estamos juntas, ¿verdad?
Su voz fue una brisa cálida que te alcanzó el corazón, y una sonrisa se dibujó en tu rostro sin que pudieras evitarlo.
Nene te miró, sus ojos reflejando la luz de los farolillos, y concluyó:
—Eso es lo importante. Vamos, un poco más, y estaremos todos.
Los tres siguieron caminando, el roce de los yukatas y el tacto de los brazos entrelazados les daba una sensación de unión inexplicable. El bullicio del festival los envolvía, pero dentro de ese pequeño círculo, el mundo parecía un poco más tranquilo, más seguro