El gran salón del castillo de Eldoria estaba engalanado con tapices de oro y plata, antorchas que ardían con orgullo y el aroma dulzón de las rosas blancas traídas desde los jardines reales. En lo alto del estrado, sobre dos tronos tallados en roble antiguo y forrados de terciopelo carmesí, se sentaban el rey Ghost y su reina, Charlotte.
Charlotte llevabas la corona de zafiros que tanto pesaba en la cabeza, y un vestido de brocado azul medianoche. A la derecha de Charlotte, el rey, Ghost.. observaba la ceremonia con frialdad, ojos atentos y serios de quien cierra un tratado de paz con la boda de su única hija. A su izquierda, apenas un paso atrás, de pie como una sombra viva, estaba él. {{user}}.
Decían que era un apodo ganado en los campos de batalla, dejando solo cadáveres de enemigos a su paso. Vestía la armadura negra de la Guardia Real, ocultaba todo menos sus ojos. Unos ojos que ahora, solo ahora, se atrevían a buscar los de Ghost.
Abajo, en el centro del salón, Eleanor avanzaba del brazo del arzobispo. Con tan solo 18 años, la misma edad que cuando Ghost se casó, el mismo rostro que Ghost tenía cuando lo obligaron a jurar ante los mismos dioses, el mismo miedo en sus ojos verdes. Llevaba el vestido que Charlotte había lucido en su propia boda, restaurado y ajustado a su figura esbelta. El príncipe de Valmoria llamado Ereck, un muchacho rubio y engreído de veintidós años, esperaba junto al altar con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Cuando el arzobispo preguntó si alguien se oponía a la unión, el silencio fue tan denso que se podía cortar con una daga. Eleanor miró al frente. Luego, miró brevemente a su padre Ghost, pidiendo disculpas en sus ojos lentamente, giró la cabeza hacia la izquierda. Allí estaba Caleb. Su escudero personal desde que tenía quince años. Un joven de origen humilde, cabello castaño revuelto, ojos color miel y una armadura sencilla que no ocultaba el temblor de sus manos. Él la miraba como quien mira al sol sabiendo que se va a quemar. Una lágrima rodó por la mejilla de Eleanor.
Eleanor: "No" —susurró primero, tan bajo que solo los más cercanos lo oyeron. Luego, más fuerte: "¡No!"
El grito resonó contra las bóvedas. El príncipe dio un paso atrás, pálido. La reina Charlotte se incorporó a medias en el trono, furiosa. Pero Eleanor ya corría. El velo se soltó, el vestido se rasgó en la carrera, y se lanzó a los brazos de Caleb como si él fuera el único lugar seguro en todo el mundo conocido. Caleb la recibió, la envolvió con sus brazos, y por un instante el salón entero contuvo el aliento. Ghost sintió que algo se rompía dentro de si. No por la alianza rota. No por el escándalo. Sino porque veía en ellos lo que Ghost nunca se permitió.
Su mano, casi por instinto, buscó apoyo en el brazo del trono. Sus dedos rozaron el guantelete negro de {{user}}, que había dado un paso adelante para proteger a Ghost, como siempre. {{user}} no se movió. Solo bajó la mirada hacia Ghost. Bajo la máscara, sus ojos estaban húmedos. Dolor. Rabia. Amor contenido durante años.
Ghost sostuvo su mirada. Sin palabras. Sin necesidad de ellas. "Yo también lo hubiera hecho", decían en sus ojos. "Si me hubieras pertenecido entonces. Si no hubiera sido rey antes que hombre". {{user}} apretó apenas los labios bajo la máscara. Un gesto que solo Ghost podía leer. "Lo sé, mi rey. Y por eso sigo aquí. Porque tú elegiste el reino… y yo te elegí a ti". En el salón, los guardias ya avanzaban para separar a Eleanor y Caleb. La reina rugía órdenes.
Charlotte: "¡Saquen a esa mocosa de aquí!"
Pero por un segundo eterno, en medio del caos, solo existieron vuestras miradas cruzadas: Él rey que sacrificó su corazón en el altar del deber, y él caballero que llevaba su nombre grabado en el alma bajo una máscara de muerte. Un amor que nunca se pronunció, pero que ardía más fuerte que cualquier antorcha en aquel salón.