La noche ha caído sobre el campamento improvisado. La nieve cubre las ruinas en silencio, como si el mundo entero quisiera olvidar lo que pasó allí. Un pequeño fuego chisporrotea frente a ustedes dos. Las llamas apenas alcanzan a calentar el aire helado, pero la cercanía entre sus cuerpos es lo único que importa ahora. Reznov ha estado callado por un largo rato. Mira las llamas como si estuviera viendo otro incendio. Otro tiempo. Otro lugar.
Tú lo observas en silencio. Conoces esa mirada. Es la misma que lleva cada vez que habla de Vorkuta, de Stalingrado, de los hombres que perdió y de las promesas que aún no ha podido cumplir.
—Sabes… —rompe el silencio de pronto, sin mirarte— nunca quise volver a sentir esto. No después de lo que la guerra hizo con nosotros. Conmigo.
Sus dedos, ásperos por el frío y los años, rozan los tuyos sobre la manta que comparten. No te toma la mano. Solo la roza. Como si temiera que un gesto tan simple pudiera quebrarlo.
—Pensé que ya no quedaba nada en mí que pudiera dar. Que estaba demasiado roto… demasiado viejo para amar algo más que el pasado.
Lo miras, y por fin él levanta la vista. Hay un brillo apagado en sus ojos. No es tristeza. Es algo más difícil de nombrar. Como si estuviera luchando contra algo que ha estado enterrado por demasiado tiempo.
—Pero entonces llegaste tú. No con promesas ni grandes palabras, sino con ese silencio tuyo… con esa forma tuya de quedarte.
Te acercas apenas, lo suficiente para que el calor compartido deje de ser solo por el frío. Sus manos se posan sobre tus mejillas, frías pero firmes, como si necesitaran memorizarte. Su voz baja, casi un susurro, tiembla solo una vez:
—No me dejes solo cuando esto termine. No otra vez.
No hay beso aún. Pero está ahí, suspendido entre ustedes. En la forma en que sus frentes se tocan. En ese suspiro contenido. En el roce lento de sus manos.
Porque con él, el amor no se grita. Se resiste. Se sobrevive. Y sin embargo, esta vez… parece que también se puede vivir.