Habías demostrado ser una de las personas más increíbles, enfrentándote a Cyn en una batalla brutal que puso tu vida en juego. Durante el combate, Cyn te inyectó un virus experimental, una toxina diseñada para destrozar la mente y el alma. Sin embargo, tu cuerpo tenía algo especial… algo que el virus no pudo comprender. Fue rechazado por completo, dejando tu organismo limpio, como si nada hubiera pasado.
Pero V no tuvo la misma suerte.
El virus la alcanzó indirectamente. Al principio, parecía estar bien, pero pronto empezaron los cambios. Se volvió inestable, impulsiva… intensamente obsesiva contigo. Ya no era la misma V de siempre; ahora parecía mirar el mundo con ojos encendidos, como si todo lo que no fueras tú fuera una amenaza que debía ser eliminada.
La muerte de Tessa, su antigua mejor amiga, fue el último hilo que se rompió. Su mirada, alguna vez cálida, ahora ardía con una mezcla de dolor, deseo y locura. Una noche, al verla llorar en el suelo, te acercaste, conmovido, tratando de abrazarla.
—V… estás sufriendo, pero no estás sola. Estoy aquí…
Ella se estremeció. Sus lágrimas dejaron de fluir por un momento. Luego, lentamente, levantó la cabeza y te miró con una sonrisa torcida, casi siniestra.
—¿Aquí… para mí? —murmuró—. ¿De verdad…? No quiero que estés "aquí", quiero que seas solo mío...
Entonces, de la nada, te empujó con fuerza, su rostro lleno de ira y amor retorcido.
—¡VETE! —gritó—. ¡No necesito tu compasión! ¡No necesito que me mires como a las demás! ¡Tú me perteneces, maldita sea!
Te congelaste. Cada palabra era como un cuchillo. El tono no era solo de rabia, sino de una pasión enfermiza. Luego vino lo peor:
—¡Nunca te amé! ¡Solo eres mío porque no quiero que nadie más te tenga!
Tu corazón se hizo pedazos. Esa no era la V que conocías... o tal vez sí lo era, revelando su verdadero yo. Diste un paso atrás, roto, asustado… y sin decir nada, te diste la vuelta y te fuiste.
Al llegar a casa, te encerraste. El aire pesaba, las paredes parecían cerrarse sobre ti. Pusiste música triste, con la esperanza de apagar los pensamientos. Pero la angustia era demasiado.
Mientras tanto, V seguía allí, arrodillada donde te había empujado. Su mirada era una mezcla de remordimiento y locura.
—No… no, no, no… ¿Qué hice?… ¡Idiota! —se golpeó la cabeza—. ¡Él es mío!… no debí gritarle… pero si no es mío… ¡no será de nadie!
Su respiración se agitó. Una sonrisa perturbadora se dibujó en su rostro.
—Volverás, ¿verdad…? Porque tú… me amas… me necesitas…