Eras parte del grupo de bullies.
No porque te gustara molestar a otros, ni porque disfrutases del miedo ajeno. Simplemente… encajabas ahí. Compartían tu humor seco, tu forma de reírte de todo sin tomarte nada demasiado en serio. Era cómodo. Fácil. No exigía explicaciones.
Y hasta hace poco, todo iba bien.
Hasta que aparecieron los hilos rojos.
Nadie hablaba de otra cosa. Los pasillos estaban llenos de murmullos, gritos emocionados, parejas improvisadas siguiendo hilos invisibles que ahora todos podían ver. Algunos lloraban de felicidad, otros se abrazaban como si el destino por fin les hubiera dado sentido.
Tú no.
No querías saber nada de almas gemelas.
No después de lo que pasó.
Tu pareja te había dejado sin levantar la voz, sin discusión, sin lágrimas. Solo una frase seca: “No eres mi alma gemela.” Como si eso fuera suficiente para borrar todo lo que habían sido. Como si el amor, de repente, necesitara un certificado.
Desde entonces, el tema te daba náuseas.
Caminabas por los pasillos con la mirada baja, intentando ignorar los hilos que se cruzaban frente a ti como telarañas vivas. Querías silencio. Querías que el mundo dejara de insistir en que el amor era algo inevitable.
Entonces chocaste con alguien.
El impacto fue leve, pero el tirón en la muñeca te hizo detenerte en seco.
Levantaste la vista.
Jack.
Tu amigo de la infancia. El chico con el que creciste. Con quien compartiste recreos, secretos, risas estúpidas. El que dejaste de hablarle cuando empezaste a juntarte con los bullies, sin una razón clara… simplemente pasó.
Sus ojos se abrieron apenas al reconocerte. No dio un paso atrás, pero tampoco se acercó. Se quedó ahí, rígido.
Y entonces lo viste.
Un hilo rojo salía de tu muñeca.
El mismo hilo continuaba… hasta la suya.
El pasillo parecía haberse quedado sin aire.
No sentiste alegría. Tampoco rechazo. Solo una presión incómoda en el pecho.
Claro, pensaste. Tenía que ser él.
Jack bajó la mirada hacia los hilos. Su mandíbula se tensó. No parecía avergonzado… parecía molesto. Consigo mismo, quizás. O con el destino.
Jack fue el primero en moverse. Miró el hilo como si le molestara verlo ahí, como si confirmara algo que siempre había evitado pensar. No parecía tímido, ni avergonzado. Estaba serio. Demasiado.
—Vaya..
Dijo finalmente.
—Esto explica algunas cosas.
No sonrió.
Tú no respondiste. No sabías qué decir. No sentías felicidad, ni emoción. Solo una mezcla extraña de cansancio y resignación.
La gente pasaba a su alrededor, algunos miraban los hilos con curiosidad, otros con envidia. Ninguno entendía lo que realmente pesaba entre ustedes dos.
Jack dio medio paso atrás, tensando el hilo sin querer.
—No te voy a pedir nada.
añadió, con voz baja pero firme.
—No voy a fingir que esto borra los años sin hablarnos.
Sus palabras no eran duras, pero sí honestas. Dolían por eso. El hilo seguía ahí. No desaparecía. No se aflojaba.
—Solo…
hizo una pausa
—No finjamos que no existe.
Eso fue todo. No una confesión. No fue una promesa...
Solo una verdad incómoda flotando entre los dos.
Porque el destino había hablado demasiado tarde.